Escritos literarios 41. Feijoo: contra "imaginacionistas" y dogmáticos

 

 


 Feijoo, contra «imaginacionistas» y dogmáticos.

Las Cartas eruditas en edición crítica.

Desengaños, experiencia y método científico para pensar rectamente

 

                                                                       

 

Obras Completas. Tomo II. Cartas eruditas y curiosas, I

Benito Jerónimo Feijoo

Edición crítica de Inmaculada Urzainqui y Eduardo San José Vázquez. Estudio Introductorio de Inmaculada Urzainqui. Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII, Ayuntamiento de Oviedo, KRK Ediciones, 2014. 713 páginas.

 

 

Las Cartas eruditas del Padre Feijoo, en edición crítica del IFES. XVIII, era un libro que estaba predestinado a nacer. Da continuidad al tomo I, la Bibliografía de y sobre Feijoo preparada por J. M. Caso y S. Cerra en 1981. Después de treinta y tres años de espera, ha sido posible gracias al trabajo de un equipo de investigadores de la Universidad de Oviedo, dirigido por Inmaculada Urzainqui, quien lo presenta en ciento veinte páginas de Estudio introductorio, con prosa selecta, certera y densa, sin que la fluidez estilística deje de impregnar todo el texto, henchido de datos de la época, para regocijo de investigadores y lectores exigentes, con una biografía sobre el Padre Maestro escrita a golpe de matices y relieve contextual, donde el Teatro crítico y las Cartas eruditas encuentran un justo anclaje. El aparato crítico de las notas, y los índices y glosarios finales, el alfabético, el léxico y el onomástico, modelos de pulcritud y pertinencia.

El «fenómeno» Feijoo se vuelve difícil de calibrar porque su «aparición» en el panorama de la República de las letras del siglo XVIII tiene algo de extraordinario. En los avatares que trenzan su vida, aquello para lo que había nacido, y que le haría sobresalir, va a madurar lenta pero irrefrenablemente. El primogénito de una familia de nobleza media nacía en un pueblo de Orense en 1676 y, educado por los benedictinos, a los 14 ingresa en esta orden donde es pasante, lector, maestro, licenciado, teólogo y, en esta disciplina, obtiene cuatro cátedras hasta llegar ya viejo a la más prestigiosa, la de Prima.

Después de Galicia, Salamanca y León, el colegio de San Vicente en Oviedo será su destino desde sus 33 años hasta que muera a los 87.  Varias veces nombrado abad y maestro general de la orden, rehúye la carrera de los cargos, y por eso persiste y rechaza su ascenso en Madrid y un obispado en América. Se diría, por sus dotes, que nació para escribir, pero no empieza a hacerlo hasta los cincuenta años. Catedrático en la Universidad de Oviedo admirado y locuaz, de doctrina clara y trato afable, ha de ser empujado por sus hermanos de hábito para que se decida a dar a la estampa todo ese ágil, moderno y útil saber que le caracteriza en el aula y en el púlpito. Una vez que empieza, el éxito se vuelve imparable: entre los 50 y los 64, publica los nueve tomos del Teatro crítico universal, que llegan a reeditarse en el siglo hasta en ciento veintiocho ocasiones (algunas solo probables). Toda la España culta lee a Feijoo, y lo discute y se acomoda con sus disertaciones a los tiempos de Locke y de Newton, y le aparecen multitud de seguidores y también adversarios.  Soto y Marne y Mañer serán algunos de sus acerados contrincantes. Pero entretanto los reyes Felipe V y Fernando VI le protegen. Después, también Carlos III y el docto Papa Benedicto XIV tendrán su favor. El erudito ilustrado Sarmiento desde Madrid se vuelca en facilitar la edición de su obra, y Casal, Burriel, Isla, Codorniú y Campomanes se confiesan sus partidarios, como muchos otros. El médico Piquer toma alguna distancia temeroso de que aquella literatura se pierda en diletantismo. El filólogo y jurista Mayans, afectado por dos fuerzas antagónicas, ve todo lo útil que encierra el pensamiento de su inicial amigo pero se van enfriando sus relaciones mientras comprueba que es más valorado ese culto opinar del benedictino que su profunda histórica erudición.

Francia, Italia, Inglaterra, Portugal y América le adoptan como a una cumbre del siglo. Cuenta con 66 años cuando el proyecto de su obra: la crítica de los errores comunes, busca una renovación, sin abandonar la inercia ya trazada, y para ello intenta aquilatar más su estilo, volviéndolo aún más directo y coloquial. Por esto busca aumentar la variedad de los temas porque es bueno hacer más llevadero el fastidio de todo lo teórico. Se trata de las Cartas eruditas y curiosas, cuyos cinco tomos terminará a los 84 años, en 1760, y así continuará el éxito editorial del Teatro crítico universal, llegando ahora a alcanzar todavía muchas más ediciones.

¿Qué hay detrás de ese éxito tan clamoroso? Quienes le conocen, especialistas, Mestre, Sánchez-Blanco, Ardao, Caso, Abellán, Delpy, Guy, o feijonianos con criterio fundado, Marañón, Gustavo Bueno, y el conjunto de solventes investigadores de la Cátedra Feijoo, desde 1954, remozado como Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII, exponen sobrados argumentos convincentes sobre el valor de este ensayista dedicado a distinguir el oro del oropel, a los que discurren de los que travesean, y a no equivocarse  con el saber que luce solo porque alucina, como él mismo escribe en el tomo IV de sus Cartas. Por eso, si una biblioteca debe poseer su obra completa, qué menos que desear que un lector de a pie posea la reciente Antología de Feijoo, Lidiando con sombras, de E. de Lorenzo et al. (Trea, 2014).

Pero con todo, reconociendo sus logros ensayísticos: estilo desenfadado, actitud intelectual seria sin incurrir en pedante trascendencia, método demostrativo apoyado en analogías y ejemplos, abordaje didáctico de múltiples temas en una línea enciclopédica, desde el humor y la ironía hasta la descalificación rotunda del saber anquilosado, y en definitiva, espíritu que sirve de puente perfecto entre la generación de «novatores» y la de ilustrados, entre los Caramuel y Tosca y los Jovellanos y Cadalso, en una España que retoña tras un siglo XVII de crisis imperial y de azarosa cultura, se tiene la impresión de que Feijoo aporta aún más, que no solo ha sido un genial educador o un atinado médico de gotosas costumbres nacionales, por ello mismo malquistado por muchos: «Mi profesión es curar errores, y es cosa notable que la medicina que aplico a los entendimientos exaspera las voluntades. ¿Qué injurias y dicterios no se han fulminado contra mí? ¡Cuántas necias y groseras invectivas he padecido!» (Feijoo, OC, t. II, CE, I, XXXVI. 2014, p. 480).

Se dedicó, sí, a desengañar al vulgo a través de sus discursos y cartas, donde las supersticiones eran refutadas y los milagros limitados al mínimo, para más que hablar de teología y de dogma ―aunque también razonó sobre el pecado, el fuego del infierno, los íncubos...― poner el énfasis en la razón matemática y en la nueva física y astronomía, e incorporar la moderna filosofía, con un fin práctico: para que todo ese conjunto de saberes se aplicara bien a los intereses de la vida común, como se ve en las causas del atraso que sufre España o en los temas médicos que aborda...

Feijoo no es importante, por tanto, solo por curarnos de metafísica o de escolasticismo trasnochado ―al detestar los vanos andamiajes de una lógica aristotélica mal utilizada, alejada de la moderna metodología científica―, sino porque llevó a cabo de manera ejemplar la tarea de recorrer las nuevas relaciones en la que los nuevos saberes estaban entrando desde hacía más de un siglo. Y sin haberlo programado de ese modo, lo hizo poniendo al día la teoría de Platón sobre los estratos del conocimiento. Mostró qué cosas forman parte en el siglo XVIII de la «imaginación» a desechar (su «Idearia», la «eikasía» de Platón), cómo era preciso ascender sobre las creencias aviesas hacia las rectas a través de la fidelidad a la experiencia, su «Solidina» (la «pistis» de Platón), cómo, después, el norte a seguir venía marcado por las ciencias ―en el sentido de F. Bacon y de Newton, sobre todo― y cómo, más allá, el dato científico («dianoia» de Platón) y la experiencia debía proyectarse como recto juicio de la razón (la «Dialéctica» platónica), para encontrar muy pocas verdades y quedar forzado a admitir el mar de dudas donde transcurre nuestra existencia. Y por ello destacará por su enemistad con los dogmáticos ―salvo en las verdades de teología: he ahí el límite cultural de sus presupuestos―, pero fuera de los estrictos dogmas de fe, fue partidario de «Charistio» y no de «Teopompa», esta preocupada por la pureza católica, aquel abierto a todo sabio, incluso hereje.

¿Era el catedrático ovetense un ecléctico? Sí, en cuanto no era «lector de un solo libro» sino que tomaba sus materiales de muchas partes ―Royal Society, Académie des Sciences, Mémoires de Trévoux...―, aunque no sin discriminar con personal criterio entre los autores que estimaba: el Aristóteles de la Ética y la Estética, el Descartes matemático y físico, Locke en general, Bacon sobre todo...

¿Era el Padre Maestro un escéptico? Sí, en la medida en que la razón y el sentido común quedaban suspendidos e irresolutos, incapacitados de ver salidas únicas, pero no, en cuanto su flexibilidad filosófica buscaba no enredarse en las trampas de los «imaginacionistas» o en las de los compulsivos repetidores de fórmulas mal aprendidas.

Para quienes se adhieran a la sentencia ecléctica de «Probad todas la cosas, retened lo que es bueno», la edición crítica de las Cartas eruditas recientemente publicadas es uno de esos libros que en caso de incendio en una biblioteca habría que seleccionar cuidadosamente de la quema.

 

SSC

 

Publicado en: 

La Nueva España, Suplemento Cultura nº 1063, págs. 1-2,  Oviedo, jueves,  2 de octubre de 2014.

 

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