Escritos literarios 30     La independencia latinoamericana

 

 

HISTORIA O MITOLOGÍA

 

SOBRE LA INDEPENDENCIA LATINOAMERICANA

 

 

Naciones de rebeldes. Las revoluciones de independencia latinoamericanas

Manuel Lucena Giraldo

Santillana Ediciones, Taurus, Madrid, 2010.

 

 

En estos tiempos presentes, en los que se tiene la sensación de asistir a un cambio en la reorganización político-económica del mundo pero donde a la vez constatamos la fuerza y persistencia de ese modo de producción que se instauró en todo su esplendor desde el siglo XVIII, el capitalismo de mercado, en esta actualidad revolucionada pero que conserva sus seculares paradigmas, el interés por encontrar el sentido o el sinsentido de la historia se vuelve, una vez más, acuciante.

Llevado de mis investigaciones jovellanistas, me he visto impelido a tratar de entender el problema de la «España americana». La lectura de «Naciones de rebeldes», de Manuel Lucena Giraldo, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, resulta de excelente ayuda para entender mejor en qué medida la historia se construye con relatos verídicos o con mitologías «ad hoc».

Hagamos previamente una rápida composición de lugar sobre el sentido de la historia. Recordemos que desde San Agustín la historia es una lucha en la que ganarán los buenos sobre los malos, y ése sería su sentido. La Ilustración, por su parte, querrá hacernos ver que la historia avanza a golpes de progreso. Hegel verá en ella el despliegue progresivo de la libertad. Marx creerá que una prehistoria de injusticias dará paso a la definitiva historia del hombre emancipado. Spengler volverá a una visión cíclica: toda cultura tiene juventud, expansión, florecimiento y decadencia. Ahora bien, estas visiones tan globalizadoras pueden ser torpedeadas desde estrictas visiones atomistas, regidas por metodologías positivistas que se atienen a la correcta ordenación de los documentos históricos. De este modo, más que orden en la historia habría múltiples desórdenes a encadenar en un relato documentado. Pero entre ambos supuestos tan alejados, el holista y el atomista, existen posturas intermedias que tratan de buscar sentidos realmente construidos por los acontecimientos históricos. La metodología histórica utilizada por Manuel Lucena parece articularse justamente en ese territorio en medio de esos extremos, rehuyendo a la par el determinismo del sentido privilegiado único como el desorden arbitrario de las secuencias de acontecimientos. Lo importante es, en todo caso, la visión pluralista frente al peligro del monismo, ya que, como él mismo nos recuerda, «la conciencia de la sociedad acerca de su pasado es plural, no singular, y está condicionada de muchas maneras» porque son múltiples los espacios de experiencia y los horizontes de expectativas que caben ser fijados por la historia. Tanto la tentación del evolucionismo (hay un sentido principal) como del difusionismo (hay una relación causal conjunta), son desechadas por el profesor Lucena, siguiendo a John G. A. Pocock, y con este enfoque se apresta a analizar la tupida malla de complejidad que dio origen al proceso de independencias latinoamericanas.

«Naciones de rebeldes» reconstruye la historia de la España americana, desde 1808 hasta 1825, es decir, desde los primeros brotes independentistas latinoamericanos hasta el primer cierre de este proceso en la batalla de Ayacucho, cuando estos extensísimos territorios alcanzaban los quince millones de habitantes. Esta historia es lo que resultó ser pero ¿hubiera podido ser de otra manera?, ¿era un camino obligado? O, si preferimos proyectar esta duda sobre el mito ideológico nacionalista, cabría inquirir: ¿las independencias de los distintos países latinoamericanos supusieron el paso necesario de la servidumbre a la libertad? La respuesta que nos ofrece Manuel Lucena no es monolítica, ni se sitúa a favor ni en contra de alguno de estos supuestos, sino que recorre los principales circuitos de esta emancipación de naciones constatando que no hubo un solo proceso sino múltiples fórmulas, distintas según reparemos en los virreinatos de Nueva España, de Nueva Granada, del Perú o de la Plata. Que cada una de estas diferentes fórmulas avanzó en función de un heteróclito enfrentamiento de posturas, no reducible al simple dualismo que enfrentaba a los independentistas americanos contra la metrópoli española, sino cruzado de múltiples niveles de acción, según se tratara de criollos, mestizos, negros, indígenas…, unos y otros involucrados de manera diferente en la victoria de los realistas o de los rebeldes. Y avanzó también en función de distintos intereses territoriales concretos y de diferentes momentos en la evolución de los acontecimientos. No fue indiferente que en España, la España metropolitana europea que tenía diez millones de habitantes, gobernara el absolutismo de Fernando VII o estuviera vigente el naciente liberalismo. Ni todos los libertadores compartieron una unánime y homogénea idea revolucionaria, ya sea Hidalgo, Morelos, San Martín, Bolívar o Sucre…, ni tampoco fueron todos ejemplos siempre de integridad ética o defensores de los valores humanitarios que había que generalizar: Bolívar hubiera podido ser llevado hoy, supongo yo, ante el Tribunal Internacional de la Haya, acusado de genocidio y de crímenes de guerra, si es verdad que en la ciudad de Ibarra, El Libertador desató una matanza para «exterminar a la raza infame de los pastusos», porque estos indígenas habían decidido alinearse con las tropas realistas.

La llamada independencia latinoamericana no comenzó con voz unánime ni general como tal reacción independentista sino en muchos casos como movimientos juntistas organizados contra el peligro de la invasión napoleónica, al igual que las juntas que surgieron en la península. Ni fueron siempre y constantemente estrategias de independencia, pues El Salvador llegó a proponer, en el desconcierto de aquellos tiempos, su incorporación a los Estados Unidos. Ni fueron un claro camino de apuesta por la república, pues hubo intentos de reintroducir algunas líneas monárquicas españolas o europeas en América, como en México o Brasil. Ni todos los estados nación que hoy conocemos surgieron de modo «natural» de los antiguos virreinatos y capitanías generales, pues en 1825, nos encontramos, por ejemplo, con las Provincias Unidas del Centro de América, donde después veremos a Nicaragua, Guatemala, Honduras, El Salvador y Costa Rica. Ni todos los procesos independentistas serían contrarios a las rancias noblezas, pues Henri Christophe se hizo construir seis castillos, un palacio y una fortaleza, e inventó una nobleza haitiana, con títulos como «duque de la Limonada» o «duque de la Mermelada».

Los historiadores, los periodistas y los políticos, ya sean descendientes de los «españoles europeos» o de los «españoles americanos», deberán pisar con pies muy cautos en estos presentes y venideros años de conmemoraciones independentistas americanas, cuando intenten glosar los valores de esa gran gesta emancipadora, pues habrán de alejarse de las mitologías narcisistas al tiempo que, con toda justicia, se ponga de relieve el modo cómo se solucionaron aquellos viejos problemas enquistados en las manos de gobiernos inútiles, sin olvidar que hoy tampoco sería lícito incurrir en aquellos pasados errores.

Y como el ejercicio histórico permite también ojear un poco el futuro, cabe preguntar: ¿qué interesa hacer a partir de aquí? ¿Reforzar los lazos que nos unen, que están fundados en un pasado compartido y, sobre todo, en una lengua común, que constituye un factor principal que da fuerza internacional a todos y cada uno de los estados que la hablan?  ¿O insistir en lo que nos independiza, nos diferencia y nos da más identidad nacional?

 

 

SSC

6 de octubre de 2011

 

 

Publicado en: «Entre historia y mitología. Sobre Naciones de rebeldes y la independencia latinoamericana». La Nueva España, Suplemento Cultura nº 935, pág. 6,  Oviedo, jueves,  6 de octubre de 2011.

 

Etiquetas: Manuel Lucena Giraldo, Independencia latinoamericana, John G. A. Pocock, Hidalgo, Morelos, San Martín, Bolívar, Sucre, Historia, Mito