Escritos literarios 2 Tener un problema

 

TENER UN PROBLEMA
 
                                                           
Era un día espléndido, sin problemas climatológicos. Soplaba algo la brisa, justo para llenarse bien los pulmones sin que irritara el ánimo; la luz molestaba un poco, era perfecto para las gafas de sol. La playa de San Lorenzo, con su fragancia característica, de yodo y salitre, colmaba ese día mi dependencia hacia ella, no muy alejada de esa misma dependencia atávica propia de un instinto territorial animal. Los pies, ligeros, preludiaban esa noche un buen sueño; paseaba a buen ritmo con mi mujer. De pronto, vino también la animada conversación, y ambos estábamos lúcidos, con ritmos nada espesos que iban del andante al allegro.

 
—    …Todo son problemas, como ves.

—    Sí, le dije. Siempre me han interesado los problemas.

—    ¿Qué quieres decir?

—    Quiero decir que los problemas son como todo lo demás: se pueden clasificar, como los prismas regulares, los tipos de hongos o las especies animales en evolución.

—    Ya, sí, no es lo mismo saber que uno va a morirse, que sufrir una dolorosa frustración, que perder el autobús, que…

—    Eso es, pero yo me refiero a una clasificación más geométrica, más lógica.

—    Ya está el filósofo. ¿Y para qué quieres una clasificación geométrica de los problemas?

—    No pretendas que me disculpe por ello… además, todos somos filósofos…y la diferencia estará en el grado, en la obra… Mira, para mí hay dos grandes tipos de problemas totalmente diferentes: los que tienen solución y los que no la tienen.

—    ¡Qué gracioso!, eso lo sabe todo el mundo.

—    Pues de eso se trata, de ordenar un poco lo que sabe todo el mundo. Lo importante es que hay que aprender a no intentar solucionar los problemas que no tienen solución. Como el hecho de que uno tiene que morirse o que no se puede volver al pasado o todos los semejantes. Con estos problemas lo mejor es aceptarlos y comprenderlos con mirada estoica o escéptica, según los casos… y dejarlos estar fuera, sin que lleguen a apesadumbrarnos. «Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte», decía Spinoza (E, IV, 67).

—    Ya, y qué pasa con los que sí tienen solución.

—    Pues que esos sí son los verdaderos problemas. Primero hay que diferenciarlos entre sí, porque se dan derivaciones que los hacen muy diferentes: la primera dicotomía separa los problemas que se solucionan y se cierran mejor o peor, al igual que se cierra un círculo, de aquellos otros que al solucionarlos desencadenan nuevos y mayores problemas. Con éstos, por supuesto, lo que hay que aprender es a no intentar solucionarlos, por mucho que queramos hacerlos desaparecer.

—    Sí, ya lo sé, no puede resolver  una madre el problema que ha de resolver su hijo ya emancipado, porque con seguridad le estará quitando su propia autoridad; o no puedes pretender recuperar tu anillo de bodas en un acantilado embravecido, o llegar rápido arriesgando vidas en la carretera… Entre los que se solucionan bien, o en parte bien, supongo que pueden considerarse los que tienen que ver con la fortaleza para dejar el tabaco o el alcohol, o con la prudencia para acertar en lo que nos preocupa o con la templanza que ayuda a sobrellevar las dolencias, o…

—    Ya veo que estás lanzada y que lo dominas mejor que yo. (Quizá, pensé, las mujeres tienen un instinto especial para conocer la esencia de los problemas. Enseguida deseché esa idea, aunque sé que Pilar me hubiera dado la razón gustosamente). Todavía nos quedan otros tipos de problemas, que son aquellos que se solucionan solos, con esos lo mejor es no hacer nada, pero por razones distintas a los que no tienen solución.

—    Sí, como cuando un niño ha cogido una perreta o como cuando teníamos el acné o…

—    Y hay, todavía, otros, pero ahora necesito volver a empezar.

—    ¿Me estás tomando el pelo? ¡ahora que le había cogido el tranquillo a tu enrevesamiento clasificatorio!

—    No, no, necesito volver a empezar porque… ¡bueno, mira!, hasta ahora hemos hablado de los problemas como si los solucionara una sola persona, pero todos los casos anteriores pueden darse además dentro de un entramado más complejo: justamente, cuando ha de ser solucionado por dos o por varios. El caso límite, que puede representar otra modalidad, a veces lindante con los problemas que no tienen solución, se da cuando ha de ser todo un pueblo o toda una nación la implicada.

—    ¡Ya!, o sea que la cosa se complica y vamos a tener un problemilla para que te aclares del todo…

—    Algo así, si así te parece. Lo que en definitiva quiero decir es que además de los problemas bilaterales, los que más nos pueden desbordar son los triangulares. En los problemas triangulares incluyo los cuadrangulares, los pentagonales, etc., que pueden por simplificación entenderse como triangulares. O sea, que ya no depende el problema de la solución que yo le dé sino de una solución que he de sacar adelante juntamente con alguien más. Ahora, todo se complica, y debo calcular y tener en cuenta la disposición y la contribución de terceras personas. Esta es la vida social misma en sus tiras y aflojas y de ahí que sea tan importante estar bien rodeado y tener en quién confiar… Además, habría que entrar en otras derivaciones menores de este esquema general y en todas las zonas mixtas.

—    Y qué me dices de los problemas que en lugar de resolverlos se pasan a otros y de los que se disimulan, y de los que se tapan y silencian, y los problemillas, los problemotes, los pseudoproblemas… y las hipocondrías y las hecatombes…

—    Sí, tienes toda la razón. Pero eso nos obliga a cambiar a otra perspectiva. Eso nos obliga a considerar no lo que ha de hacerse con los problemas sino lo que de hecho muchas veces se hace con ellos o cómo se inventan sin que efectivamente existan. La clasificación ideal habría que cambiarla por la «real» y tendríamos no ya geometría sino cristalografía, es decir, tendríamos estas formas de solución de problemas: 1) el empeoramiento del problema; 2) conocer que no tienen solución; 3) esperar a que se solucione por sí mismo; 4) sustituir un problema con otro, desplazándolo; 5) dar la solución parcial o total; 6) no tanto solucionar cuanto contener (la contención es buena cuando el problema no tiene solución pero se agrava si no se contiene); 7) la cooperación a la solución; 8) pasárselo a otro; 9) ocultarlo, disimularlo o postergarlo; 10) el problema que nos come, que nos anula, para el que somos impotentes, por falta de fortaleza; 11) finalmente, las soluciones fantasmagóricas para problemas inexistentes. No consideramos las situaciones intermedias.

—    Pero por qué dices que la clasificación es geométrica. No veo las líneas….

—    Otro día volvemos a las líneas... Mira por ahí viene…
 
                                                                            SSC
                                                   Gijón, 3 de abril de 2007

 
(Publicado en La Nueva España, Suplemento Cultura nº 762, pág. III,  Oviedo, jueves, 12 de abril de 2007. 
Versión similar publicada en «Eikasía. Revista de Filosofía»)
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