Azote de ideólogos

 

 

 

 

 

Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Ciencia Política, denuncia la desfachatez que ve en algunos de los principales intelectuales de nuestro país

 

 

 

                                                                      

 

                                                                        

 

La desfachatez intelectual

 

Ignacio Sánchez-Cuenca

 

Editorial Los Libros de la Catarata, Madrid, 2016.

 

221 páginas

 

 

 

 

 

La desfachatez intelectual está escrito con una clara finalidad: la denuncia de determinados intelectuales vivos, que desde los púlpitos de opinión de El País o El Mundo... defenderían posturas políticas arbitrarias y grotescas.

 

 

 

Como contiene buenas dosis de crítica sin contemplaciones contra muchos de los principales creadores de opinión, puede ser un texto saludable para revisar algunas de las principales tendencias enfrentadas de estos "ideólogos" de nuestro país.

 

 

 

Sánchez-Cuenca reitera en múltiples ocasiones el respeto que profesa hacia esos mismos a quienes critica, cuando los considera como filósofos, literatos, académicos o científicos. El rechazo opera solo cuando opinan desacertadamente sobre temas de la actualidad política: crisis, burbuja, nacionalismos... Demasiado afán por la "todología": serían reos de su presunción de saber de todo. Reciben duras críticas de manera detenida y en tono de vituperio: Antonio Muñoz Molina, Jon Juaristi, Fernando Savater, Félix de Azúa, Mario Vargas LLosa, Arcadi Espada y también quienes siendo economistas tendrían una responsabilidad añadida: Luis Garicano, José Carlos Díez y César Molinas. Una descalificación rotunda recae sobre Gustavo Bueno, pero sin llegar a abrir un análisis de ideas o textos precisos. Algunos más reciben algún pescozón, como Javier Marías, Arturo Pérez-Reverte, Javier Cercas, Juan Manuel de Prada, José Antonio Marina y Gabriel Albiac...

 

 

 

Paralelo al propósito inquisidor, encontramos en la lectura del libro un esfuerzo por replantear lo que serían los criterios de una sana práctica discursiva. Propone concretamente cuatro principios a tener en cuenta: 1) que se hable de aquellos asuntos sobre los que se haya investigado, no valen las ocurrencias ni la impunidad de escribir desde las alturas; 2) que haya algo que aportar, para no decir nada nuevo mejor es callarse; 3) que la crítica sea abierta: que unas ideas polemicen con otras es lo deseable, el encastillamiento del matonismo verbal o del machismo discursivo no ayuda; 4) el hecho de cuestionar la autoridad, en sí misma, es ya una señal de salud mental.

 

 

 

La desfachatez intelectual cumpliría bien, según mi lectura, su objetivo polemista —reconvenir la mala praxis y mostrar una senda más cuerda— pero se quedaría a medio camino en su intento de señalar cuál sería el modelo racional de debate ideológico. Algunos de sus análisis tienen consistencia pero otros se enredan en los mismos defectos que se quieren denunciar. Y es que el problema que trata de solucionar es muy complejo, como el propio autor reconoce. Tiene que ver con distinguir el buen método dialéctico del deambular sofístico, el saber verdadero de la falsa opinión (Platón "dixit"). Y tiene que ver con la función de la ideología en nuestra sociedad actual.

 

 

 

¿Cuál es el lugar de la ideología? Según creo, por una parte tendríamos los mitos oscuros y las fantasmagorías arbitrarias: contra esto el mejor remedio es una educación crítica. Y tendríamos, de otra parte, las verdades geométricas y los saberes que discurren por la metodología científica. Pero en medio hay un amplio territorio donde se dan los intereses, las verdades subjetivas, las diversas estéticas y las ideas político-morales divergentes... en suma, la necesaria ideología. Para este cometido vale también la educación crítica y el método científico, pero además son precisas todas las demás herramientas racionales: la sana inteligencia y equilibrada sensibilidad que tiene que mensurar, jerarquizar, comparar, repudiar, preferir... con argumentos contrastados, es decir, la filosofía en el sentido mundano.

 

 

 

Y entonces, desde esta actitud filosófica, que aspira a superar la escurridiza ideología, quizá pueda calibrarse algo mejor que lo que separa a los nacionalistas (Sala-i-Martí, Mas-Colell, Boix, Jordi Galí) de los antinacionalistas (Espada, Savater, Juaristi) no reside aquí necesariamente en ser más o menos demócratas —serían más demócratas, según Sánchez-Cuenca, los defensores del "derecho a decidir"— sino en mostrar quién es el sujeto político de este concreto derecho a decidir: si una parte o el todo de un Estado-nación dado. Es una cuestión, por tanto, de todo y partes. Casi nadie duda de que haya un derecho a decidir ético individual; solo los taimados pondrán pegas sobre el derecho a decidir moral de cada grupo ideológico —cada grupo ideológico decidiendo, claro, para sí mismo y no para el todo global—. Pero por razones bien sutiles, parece que hay auténtica ceguera para reconocer que el derecho a decidir político de un Estado-nación corresponde a todos sus componentes. Y la unidad política de partida es España, y esto no es ahora ideológico sino un "faktum" histórico. Estas diferencias ético-político-morales parece que no las comparte Sánchez-Cuenca, por lo que creo que tropieza en los mismos vicios que denuncia.

 

 

 

 SILVERIO SÁNCHEZ CORREDERA

 

 

Cultura, Suplemento de La Nueva España, nº 1140, jueves, 16 de junio de 2016. Pág. 2 y 3.

 

http://www.lne.es/suscriptor/cultura/2016/06/16/azote-ideologos/1943015.html