Ya habéis olvidado que fuisteis bebés.

 

Voy a contaros cómo los niños somos niños  (Emma) 

 

Me llamo Emma. Soy un bebé

 

Editorial Caligrama 2018

 

 

Es Emma misma quien nos cuenta en primera persona sus vivencias. La labor del autor de este libro es hacer, así pues, de traductor.

 

 

Venta en librerías habituales

 

 

En Gijón, en las librerías:

 

Paradiso (Calle La Merced, 28)

La buena letra (Calle Casimiro Velasco, 12)

Central (Calle San Bernardo, 31)

Senda (Calle Celestino Junquera, 10)

Atenea (Carretera de la Costa, 136)

 La luna lee (Calle Marqués de Casa Valdés, 67)

 

 

INFORMACIÓN EN:        https://www.caligramaeditorial.com/

 

                                   https://www.caligramaeditorial.com/catalogo/

 

 

 Caligrama es un sello editorial de la Penguin Random House Grupo Editorial.

 

PRESENTACIÓN DE LIBRO Y EXPOSICIÓN DE SUS DIBUJOS

La Galería Cornión se complace en invitarle a la presentación del libro

Me llamo Emma. Soy un bebé

de SILVERIO SÁNCHEZ  CORREDERA

En consonancia, la galería inaugura los dibujos de RAFA ROLLÓN, a lápiz y gouache, que compuso para las ilustraciones y portada del libro. La exposición de estos quince originales acompañará a una muestra pictórica más amplia del artista.

 

Galería Cornión, c/ La Merced 45, Gijón

 

Viernes, 29 de marzo, 19:15 horas.

 

Tras abrir el acto Amador Fernández Carnero (galerista), intervendrán Rafa Rollón (dibujos) y Silverio Sánchez Corredera (relato) 

          

 

En la galería Cornión de Gijón, fotos del acto de Presentación, de:

 

Me llamo Emma. Soy un bebé (Caligrama, 2018)

 

e inauguración de los dibujos de Rafa Rollón

 

para las ilustraciones del libro

 

(29 de marzo de 2019)

 

 

TEXTO DE LA PRESENTACIÓN: Me llamo Emma. Soy un bebé.

Galería Cornión, Gijón. Viernes 29 de marzo de 2019. 19:15-20:30 horas

 

[La presentación discurrió con una exposición oral. El texto que sigue es fiel al espíritu de aquellas palabras]

 

Queridos amigos. Lo primero que siento al comenzar a hablar es agradecimiento. Ya sé que es lo que figura siempre en el orden del día de un acto así. Pero si no figurara, no tendría más remedio que inventarme este comienzo. Siento gratitud hacia todos los que habéis venido hasta aquí, atraídos por vuestro afecto hacia mí o por curiosidad hacia el libro y los dibujos o porque también os entusiasma el mundo de la infancia. Así que, gracias, amigos.

 

Y, claro, si la galería Cornión y Amador no me hubieran puesto en contacto con Rafa Rollón, y si no se hubiera interesado en la exposición de los dibujos que ilustran el libro y si no se hubiera molestado en la organización de este acto, no estaríamos aquí, en este cálido lugar. Por tanto, Gracias a Amador Fernández Carnero y a Cornión Espacio de Arte.

Ahora tengo que hablar de la persona que en este puzle de encaje de acontecimientos fue fundamental en la construcción del libro tal como quedó: Alberto González-Moratiel. Alberto y yo nos conocemos desde los 11 años, cuando estudiábamos bachillerato en los jesuitas de León, él externo y yo interno. Desde hace unos años nos hemos reencontrado y hemos restablecido la amistad. La amistad proviene de la fuerza de los recuerdos de aquella edad adolescente compartida pero se ha renovado potentemente por el mutuo reconocimiento y aprecio que nos tenemos. Pero ha sido más que eso. Los dos compartimos la experiencia de ser abuelos a un mismo tiempo. A partir de aquí, empezó a apoyarme y a alentarme en mi proyecto de libro sobre la vida del bebé. Él, que además de ser un gran empresario (grande en muchos sentidos, se lo aseguro), es un amante de la pintura y del arte, así que conoce muy bien Cornión y todo lo que en ella se expone desde siempre. Él me presentó a Amador y me hizo conocer a Rafa Rollón. Él fue un firme defensor desde el principio de la conveniencia de ilustrar el libro con imágenes poderosas y seductoras. Así que el texto del relato quedó enriquecido por el influjo de Alberto. Pero nuestra relación tejió aún una nueva trama. Mientras crecía Me llamo Emma, en un punto de nuestro intercambio de experiencias, surgió la posibilidad de cruzar las vidas de mi nieta y de su nieto. Fue así como José entra en el libro y tiene un capítulo, además de las imágenes que aluden a las aventuras que vive cuando tiene entre 12 y 16 meses. La idea era que en las experiencias de un bebé concreto encajan fácilmente las de otro cualquiera, porque comparten mucho más de lo que les separa.  Y, aunque yo ya sabía que las experiencias de Emma que me llegaban tenían, al lado de su sello singular, un trasfondo universal, ahora, por la unión de José y Emma, se podía no solo prejuzgar sino escenificar. Finalmente, Alberto colaboró conmigo en la edición del libro. Así que sé que tengo con mi amigo una deuda que va más allá del mero agradecimiento. Agradecimiento que se extiende, claro está, a la mamá —ella me ayudó de manera singular— y el papá de José, y a su abuela materna, y a sus dos abuelos paternos y al resto de la familia que colaboró. Y, claro, al precioso José, que ahora tiene la suerte de tener una hermanita.

 

El otro capítulo de reconocimientos que me queda por mencionar me lleva a decir que tendría que escribir un libro para agradecer todo lo que les debo a mi mujer (Pilar), a mi hija (Elena), a mi yerno (David), a los abuelos paternos (Tere y José) y al resto de la familia, que me han ayudado a descubrir buena parte de los elementos que están en el libro. A los papás de Emma les debo casi todo, la generosidad en las fotos y vídeos sin límite y sin descanso a lo largo de dos años. Sin su apoyo, su comprensión y su amor ¿qué hubiera podido yo avanzar? Mi mujer, Pilar, es como si hubiera estado escribiendo a mi lado el libro. Todo lo que veía, seleccionaba, interpretaba, todo lo que vivía lo vivíamos juntos. Cuántas cosas aprendí de su forma de mirar y de su capacidad para captar detalles que a mí se me escapaban. Además, fue ella quien hizo la lectura crítica del texto matriz, la que todo escrito precisa para que sus rebabas desaparezcan. Esto, el futuro lector del libro tiene que saberlo, pero yo no puedo saldar mi deuda con un simple agradecimiento. Seguro que lo entendéis.

 

A Emma no le debo agradecimiento, sería poco, porque mi sentimiento hacia ella es de adoración. Lo mismo cabe decir de José, si me pongo en la piel de mi amigo Alberto.

El último agradecimiento lo dirijo a Rafa Rollón que me acompaña. Por ser un magnífico dibujante y un pintor excelente. Y porque se ha implicado no solo como artista sino también como persona. Rafa es de esos tipos que se comprometen a fondo, que responden a los detalles del trabajo en común, que te dan soluciones para los problemas que hay que ir gestionando. Da gusto trabajar con Rafa. No solo tengo que agradecerle sus hermosos dibujos, también la maquetación de la cubierta del libro y muchos detalles a los que no estaba en absoluto obligado. Además, soy consciente de haber empezado con él una amistad que va más allá del trabajo. Gracias, Rafa, como artista, como persona y como amigo.

 

AUTOPRESENTACIÓN COMO AUTOR Y ARTISTA

 

Vamos a presentarnos, para quien no nos conozca. Haremos una autopresentación, un autorretrato. Rafa, ¿qué dirías de ti mismo como artista y, si quieres, también como persona?

 

[Rafa Rollón habla de su formación como pintor y de algunos de los premios y exposiciones que ha llevado a cabo. Puede visitarse cualquiera de sus páginas web, «rafarollón» y «pispaspispas», donde accedemos a información sobre su biografía y obra. Al acabar, me plantea la misma pregunta, ¿cómo me definiría yo a mí mismo?]

Autorretrato:

 

Seré breve, porque lo que interesa es hablar del libro y de los dibujos. Creo que si tuviera que pintar mi autorretrato, los colores de la paleta a utilizar serían estos cinco: 1) profesor, 2) didacta, 3) investigador, 4) afán de unir literatura a filosofía y 5) articulista.

 

Profesor de filosofía. Lo que yo resaltaría de mi profesión no son los títulos académicos, catedrático y doctor, sino que me he sentido querido y reconocido por mis alumnos. No hay mayor pago ni premio que ese. Y aunque la profesión desaparezca, la vocación de ser transmisor de saber no tiene por qué desvanecerse.

 

La segunda faceta está ligada a esta: he dedicado mucho tiempo a la didáctica de mi asignatura, en el sentido de que he estado siempre buscando los materiales idóneos y, fruto de esto, ha sido mi participación en la elaboración de cuatro libros de texto y múltiples materiales; y en la organización de actividades didácticas: Olimpiadas de filosofía, Filosofía y ciudad, revistas escolares, exposiciones escolares colectivas…

 

La tercera faceta es mi afán investigador. Fruto de ello son varios libros y múltiples artículos sobre distintos filósofos. Tengo que destacar mi dedicación a Jovellanos (él solo se ha llevado cinco intenso años), a Kant y a Hume también, y a Gustavo Bueno, seguramente el filósofo contemporáneo más importante que ha tenido recientemente España. Platón, Spinoza, Foucault y Sánchez Ortiz de Urbina completan la nómina de autores sobre los que más he trabajado. Y también he de mencionar un conjunto de artículos dedicados a la problemática ético-político-moral (lo que llamo «Teoría E-P-M») así como a temas filosóficos varios.

 

La cuarta faceta es mi convicción de que la filosofía ha de mezclarse todo lo que pueda con la literatura, en el sentido de la escritura poética o creadora. Fruto de esto tenemos mis dos cómic en torno al proyecto Felinus (con Mila García en los dibujos), mi novela Mundus y ahora Me llamo Emma. Soy un bebé.

 

Y la quinta faceta, que es como un hilo que cose a todas las demás, podría quedar representada en mis pequeñas y sistemáticas aportaciones en los aproximadamente dos centenares de artículos en diversas revistas y en prensa, sobre todo en el suplemento Cultura de La Nueva España.

Vivo en Gijón desde mi más tierna infancia, pero he vivido también cinco años en León, durante el bachillerato, en Oviedo y Madrid, la carrera, y a partir de aquí compartiendo ya vida con mi mujer, en París, investigando, en el País Vasco, en Llenín, en Llamas del Mouro, en Salas y en Avilés (iba y venía), siguiendo el curso de los puestos de trabajo de mi mujer o míos. Y ahora vivo entre España y Singapur. Lo más importante de esto: ser padre y marido; y a su sombra, intentar hacer filosofía y literatura filosófica. Pero ahora me toca hablar del libro.

 

EL LIBRO:

 

1) Portada, solapa y contraportada

 

El caso es que tenemos a la vista este objeto. Un libro, con ilustraciones que luego comentaremos.

En una primera aproximación a él, vemos el título y la portada (bellamente compuesta por Rafa Rollón). Y sabemos de inmediato de qué va el tema, aunque no alcanzamos a saber cómo va a conseguirse eso que anuncia.

 

En la solapa comprobamos que el autor del libro tiene sobre todo un perfil filosófico, aunque con un pie en la disciplina que maneja por profesión y otro pie puesto en la literatura como modo de expresión.

 

En la contraportada se nos aclara algo. Se trata de un «relato que explora las vivencias de una niña desde que nace hasta que cumple veinte meses». Y se añade: «Es Emma misma quien nos cuenta en primera persona sus vivencias. La labor del autor es hacer, así pues, de traductor».

 

De acuerdo, ya tenemos la trama. Aclarémoslo un poco más. No es una niña abstracta, es mi nieta. Y los contenidos, por tanto, no salen en primer término de la imaginación sino de la percepción directa. La historia, la inspiración y la práctica totalidad de los detalles narran hechos reales y muchas veces a través de una lupa. Si se dice que vive en Singapur y que hace esto o lo otro es porque es exactamente así. Podría muy bien tratarse de un libro reportaje, aunque no lo es, pues si contiene elementos reales no constituye el objetivo de la escritura. Es, a pesar de todo, un libro de ficción, en un sentido muy especial, que trataré de aclarar.

 

¡Vale!, diréis vosotros. Entendemos la técnica literaria que se quiere utilizar. El autor parece que pretende hacer un homenaje a su nieta y por ello va a narrar su «autobiografía» de bebé. Va a contarnos su peripecia existencial en su primer despertar a la vida. Y para darle mayor verosimilitud, pone las ideas que va a ir componiendo en el pensamiento del bebé. Esta técnica (la personificación), por cierto, la utilizó magistralmente Virginia Woolf en Flush, que es un perro que nos cuenta sus experiencias desde su olfato, sobre todo, y también desde su vista y su tacto. Es de suponer que el autor de Me llamo Emma. Soy un bebé va a intentar algo de este tenor. ¿Es así?

 

Y aquí tenemos el problema. Porque es así, pero no solo es así.

 

2) Punto de vista de los lectores.

Voy a ponerme por un momento en el punto de vista de los lectores, olvidándome de mis propósitos mientras lo escribía. De inmediato, se me representa que ha de haber dos reacciones diferentes de dos tipos de lector distintos. Uno más escéptico, ceñido a las evidencias más palmarias y a las propias experiencias comunes que nos hacen saber que los bebés «no piensan» (con nuestro pensar) y en definitiva «no hablan». Y otro lector más posibilista, más arriesgado, más permeable a creer en el Edison que, ahora sí, construirá una bombilla definitiva y, en este caso, será capaz de traducir la mente del bebé en términos de conceptos hablados. ¿Cuál de los dos es el mejor lector? No sabría decidirme, no me atrevo a excluir a uno de ellos. Sí puedo defender cuál es la lectura que me parecería idónea para hacerse cargo del contenido de este libro que estamos presentando. Y precisamente es una lectura que oscila entre esos dos tipos de lector. Muchas líneas, muchos elementos, muchas ideas hay que tomarlas en el sentido de la experiencia común (ya sabemos que el bebé no habla y, aun menos, escribe). Pero hay líneas, destellos conceptuales que se esbozan, que se sugieren (sentidos germinales), hay párrafos, hay todo un colorido que subyace a lo obvio de las palabras que debería ser leído con el espíritu de la «espera estética entusiasta».

 

¿Me contentaría yo con un lector afincado en la «experiencia común»? Sí, me complacería. ¿O no es verdad que ha detenido su mirada durante unas horas para reparar en los avatares en los que los bebés se desenvuelven, una fase de la vida que tendemos a archivar y olvidar? ¿Y no es verdad también que, de esa manera, se vuelve a dar entrada al valor de lo humano en el momento en que “lo humano” es plenamente original, incontaminado aún (podríamos decir) y que esa reflexión nos puede interesar mucho para aplicar a los temas urgentes en los que nos debatimos?

 

Seguramente este tipo de objetivos, que justificarían ampliamente la lectura del libro, va a ser fácil de alcanzar entre ese colectivo que nos encontramos en el mismo «horizonte de experiencias» (Hans Robert Jauss), porque somos padres, abuelos o tenemos lazos afectivos vívidos con la infancia. Pero al lado de un «horizonte de experiencias» también nos movemos en un «horizonte de expectativas», siguiendo también a Jauss. ¿Puedo yo aspirar a algo más? ¿Puede el lector aspirar a algo más? Aunque ya he dicho que me daría por satisfecho con el «horizonte de experiencias», aspiro, es verdad, todavía a rozar otro nivel. Y aquí tengo que rebobinar y empezar a recordar mis experiencias reales. Tengo que contar ahora dónde situé mi expectativa.

 

3) Viaje a Singapur al mes y medio (la conversación entre palabras y fonaciones):

 

Cuando mi mujer y yo viajamos a Singapur para ver por primera vez a nuestra nieta con un mes y medio, la conocíamos ya por mil fotos y decenas de vídeos y centenas de comentarios. Lo que se experimenta al conocerla al natural es un gran afinamiento de los sentidos. Y no es exactamente que el «amor de abuelo» se agrande o mejore, porque ya era enorme y cualitativamente sin límite. Lo que sucede es que puedes disfrutar de tus propias vivencias más a la luz del día, que los colores del paisaje que era ya hermosísimo aparecen ahora con matices inesperados. ¿De qué estoy hablando?

Intentaré explicarlo.

 

Iré al momento inaugural en el que este relato, cuya narradora es Emma misma, comienza. Un día en que mi mujer cambiaba el pañal a nuestra nieta, y yo la ayudaba, tuvimos una conversación con ella. Mi mujer ponía las palabras, que transmitían caricias, que transmitían adoración: «¿Quién es la más bonita del mundo?, ¿por qué eres tan preciosa?». Emma escuchaba atentamente y, cuando mi mujer paraba, ella empezaba con su lalación de aes canturreadas y se le veía la intencionalidad de comunicarse. Entonces yo, por un impulso espontáneo, creía sentir lo que estaba diciendo y traducía su lalación en palabras, cosas como: “Sigue, sigue, abuela, sigue diciéndome lo bonita que soy, que me gusta que me quieras, repítemelo más veces, que me encanta que me hables así”. Eran conversaciones de este tenor, puro intercambio de cariños, pero a través de una conducta verbalizada. Y a partir de ahí, volvieron a repetirse todos los días esas conversaciones. Por suerte, contra los escépticos, hay múltiples grabaciones de esto que narro. Ha de ser, por otra parte, muy sabido, pues todos los bebés lo hacen. Ahora bien, ¿qué pasa si no creemos que son capaces de intentar comunicarse con las fonaciones?, ¿qué pasa si no nos damos cuenta de este fenómeno, porque lo interpretamos como un automatismo más o menos arbitrario? Pasa que no le damos un sentido “lingüístico” a las fonaciones del bebé, que no las consideramos y que, por ello, no podemos llegar a “conversar”. Le adoraremos, le mimaremos, le protegeremos pero no hablaremos con él.

 

Esta no fue la única experiencia, pero sí la desencadenante para mí. Es como ver con tranquilidad algo que siempre se había visto demasiado deprisa. Cuando uno se dedica a escribir, a mí me ocurre al menos, suele oírse una voz interior (el famoso «demonio» del que hablaba Sócrates), una voz interior que te dice cosas como esta: «esta idea, esta idea es la que tiene interés» o «ya lo veo, el camino sigue por aquí» o «todavía no sé lo que estoy pensando pero ya lo presiento, seguiré golpeando en el mismo yunque» o «esto encaja» o «esto no funciona», no solo como cuando uno toma continuamente pequeñas decisiones sino como cuando se ve una luz, un faro y, entonces, se descubre la dirección, la buena ruta. Se trata, claro está, no vamos a engañar a nadie, del diálogo interior, del propio pensar en su despliegue. Por esta experiencia, y todas las demás, medité: «Esto tengo que contarlo». Y miré fijamente a Emma y ella me miró, y pensé que ella me decía que lo contara, que lo hiciera por ella, y por todos los niños del mundo, para defenderles. Yo sé que ella no me estaba diciendo esto, sé que era una autosugestión controlada, sin embargo aunque no era así era «como si fuera así». ¿En qué me basaba?

 

4) El cuarto escalón, tras la protección (comida), la simpatía (mimos) y la empatía (sentir por ella).

 

Hasta la fecha me había apercibido de los tres niveles de amor en los que se despliega según creo el amor paterno filial: en primer lugar, 1) al ser padre o al ser abuelo, se siente un irresistible impulso de protección, de cuidar por la salud y la supervivencia. Y hay otros dos grados psicológicos más de sentirse próximo al bebé: el segundo, 2)  la simpatía: cuando dar mimos al bebé, dedicarle atenciones, jugar con él… está buscando no solo su supervivencia sino su bienestar; nos preocupamos por su calidad de vida. Enlazado con este plano de amor, se encuentra habitualmente su gemelo, el tercer nivel, 3) la empatía, que es padecer y disfrutar sus experiencias, estar poniéndose en su lugar como actitud continuada; es preciso aquí un elemento de profundización en la relación, que puede venir dada por una observación-veneración continuada y, en todo caso, porque las vivencias del adulto quedan ahora fuertemente coloreadas por los mismos estados anímicos en que parece hallarse el bebé. Es obvio que los fenómenos de la simpatía y de la empatía se dan muy entrelazados, que se refuerzan mutuamente y que tienden a confundirse. Pero es esta empatía, un grado añadido a la preocupación protectora de la supervivencia y a la simpatía del bienestar, la que hace posible que la relación se constituya, profundizándose un grado más. Las relaciones humanas de las que hablamos no necesitan para ser plenas nada más añadido a estos tres niveles. Aún así, existe la posibilidad de un cuarto escalón:

 

Es posible aspirar a un nivel más o a una vertiente más. Este grado es posible mediante la «comunicación artística», en el caso concreto que comento: un lugar donde la «producción de sentidos» de Emma se encuentre con los míos. Y como el bebé no puede aspirar a una «fusión de horizontes» con el adulto (en el sentido de Gadamer), ha de hacerse a la inversa. ¿Cómo es esto? El embeberse o el embelesamiento al que se puede llegar por intensificación de la empatía puede dar lugar a que se opere un trasvase de experiencias, y que lo que vive el bebé (a una escala preconceptual) pueda ser intuido, apercibido y revivido por el adulto. Pues bien, con estos materiales, que no son necesariamente fruto de una imaginación caprichosa ni de una fantasía alocada, puede intentar construirse un relato que nos sitúe en un horizonte estético universal, en la captación de los elementos que se están constituyendo realmente día a día en un bebé, y que funcionan como fenómenos «poéticos» tras los fenómenos prosaicos. O, si se prefiere, no se trata de hacer solo una especie de reportaje sino de elevar su mundo, en el que yo hago todo lo posible por entrar, a la categoría de un poema, esto es, de un relato que intenta no solo movilizar la imaginación o la simple curiosidad sino hacer vibrar los resortes estéticos en los que captamos vivencias que entendemos de golpe, quizá ayudados de los conceptos pero no solo, y procedente de un lugar del psiquismo donde los sentidos se configuran prístinos. Y esto solamente es verosímil y algo posible si el adulto tiene la capacidad de situarse en el punto de vista de los flujos fenoménicos del bebé que aún no han sido conceptualizados o que solo lo han sido germinalmente.

 

Es preciso para conseguir esto situarse en el flujo de «fenómenos» que constituyen la formación de sentidos del bebé, a través de los cuales percibe sentidos (significaciones en esbozo o más matizadas), los identifica, los reactiva y los reconstruye y construye. Al adulto le cuesta mucho instalarse en esta perspectiva porque ya posee un modo de acceso a la realidad ya constituida; constituida en conceptos y en instituciones simbólicas que nos explican el mundo. Hay, diríamos, una lucha entre el concepto y el “percepto” puro fenómeno. O dicho de otra manera, tener una lengua, el español o el inglés, nos oculta de algún modo el lenguaje originario en el que nacemos instalados y pone en la sombra  la multiplicidad de lenguajes que se están desarrollando continuamente a través del cuerpo (en cuanto todavía no a través de nuestro eidetismo).

 

Bien, con esto hasta ahora dicho, doy por un poco aclarado el núcleo de mi proyecto: hablar de mi nieta (y de todos los nietos en ella) y ponerme en su lugar, en el sentido poético, y por tanto en fantasía. No se trata de una fantasía relacionada tanto con la imaginación cuanto con la percepción, pero no por ello es menos fantasía. Ya sé que la idea convencional asimila la fantasía a la “imaginación creadora” pero yo reclamo aquí una función fenomenológica —con Marc Richir y con Ricardo Sánchez Ortiz de Urbina— de la fantasía que desborda por todas partes a la imaginación y que no se identifica con ella, al contrario, se diferencia radicalmente de ella, aunque comparta elementos asimilables.

 

¡Parece entonces que se trata de algo difícil! Menudo lío, yo ya no leo este complejo libro, dirá alguno.

 

Quizá sí difícil para mí, pero no para el lector. Me llamo Emma es el libro que he escrito más fácil de leer y que está dirigido a un espectro cultural absolutamente abierto. No encierra dificultades especiales, filosóficas o rebuscadas… No, porque es un bebé quien nos habla. Es verdad que quienes tengan determinadas claves —por ejemplo, la noción del “cogito, ergo sum” cartesiana— podrán interpretar de un modo específico algunos de los hilos que allí hay para dar una contextura profunda a la historia. Pero lo importante es que en su práctica totalidad los contenidos son transparentes y evocan experiencias comunes.

 

Alguno de vosotros que ya conoce el libro podrá decirme, con razón: “Pero yo he leído el libro, y no he visto todas esas complicaciones de las que hablas, es una historia que discurre como el agua de un arroyo, y, si te gusta el campo, lo disfrutas, sin más, ya está”. Yo le diría que tiene toda la razón. Absolutamente toda la razón. Porque al intentar explicar mis expectativas de escritura lo que he hecho es hablar del andamiaje, que no tiene que aparecer en el texto (y si aparece mala cosa) y, efectivamente, la historia es un sencillo relato hecho de las sencillísimas experiencias de Emma a lo largo de veinte meses que recibe la visita, en uno de sus capítulos, de José, cuando este tiene unos catorce meses.

 

Por eso, y para acabar, volviendo al libro, veréis que tiene nueve capítulos, que se corresponden con ocho etapas en las que he dividido el proceso de maduración del bebé —más el capítulo dedicado a José— desde que nace siendo un niño o niña al que le ponen un nombre hasta que empieza a identificarse a sí  mismo con una autorrepresentación ya forjada. A veces suelo resumir lo que he hecho en el relato diciendo que se trata de mostrar cómo un bebé construye su propio ego. El relato empieza con «Me llamo Emma. Acabo de nacer» y termina con «Me, Emma… y me doy golpecitos con la mano a la altura del corazón: ¡Emma, Emma!». El «me llamo Emma» del principio se lo presta el narrador (traductor), claro está, pero el último es estrictamente dicho por la protagonista real.

 

El libro de trescientas sesenta y cinco páginas contiene también, en las últimas treinta, un apéndice dedicado a aclarar el desarrollo psicológico evolutivo, por si sirve de ayuda a los padres y cuidadores-educadores. Se trata de mi propio estudio de campo o, si se prefiere, psicología de laboratorio, sobre lo que considero el ciclo completo del bebé —dividido en ocho etapas, agrupadas en tres fases— a partir del cual se abre al ciclo del infante párvulo.

 

Veremos que hay quince ilustraciones, y una portada, que embellecen sin duda el libro y se entreveran en la propia historia. Están tomadas de quince fotos, de Emma y de José, correspondientes a las distintas fases madurativas. Y eso es lo que ahora vamos a analizar un poco.

 

Así pues, Rafa, háblanos de las imágenes, de tus dibujos, de lo que es el arte del retrato para ti, y de cómo has vivido este reto en el que hemos estado codo con codo. Si te parece, puedes empezar comentando la técnica y el resultado obtenido de alguno de los dibujos expuestos. Se me ocurre preguntarte, de momento, por algunos de ellos.

 

Fíjate, Rafa:

 

Imagen 3. Mi mamá me mira. Yo miro a mi mamá           Página 35

Emma ya tiene mirada. Es una mirada que mira la mirada de su mamá y que se queda prendada de ella. El rostro de mamá está muy próximo, detenido, intentando comunicarse. Y la comunicación se produce claramente. Es evidente.

Aquí la técnica vuelve al esquema que utilizas en todos: el lápiz para las personas y el color muy alegre envolviendo a los personajes, que parece que se ha contagiado de ese cálido encuentro de miradas que se comunican. El contenido de lo que está sucediendo seriamente lo llena el lápiz mientras el color hace de envolvente o deseo o contagio de emociones, que evocan paz, protección y amor materno en estado puro.

 

Imagen 4. Con mamá y papá.              Página 49

El color naranja que unifica y envuelve a papá-mamá y su beso simétrico en cada una de las mejillas de Emma está lleno de calor, de calidez y de calidad amorosa. El cuerpo y la ropa de Emma participan de la alegría del color. En ese contexto de absoluta fusión de sus papis con ella, la cara de Emma no necesita del color, destaca centrando toda la escena dibujada en lápiz, y aun así la máxima alegría se concentra en su cara feliz, en su sonrisa complacida, en su mirada juguetona y en su estar consciente de ser la dueña del amor de sus padres, cuando tiene dos meses.

 

Imagen  10.  Apago las velas de mi cumple, con mamá y papá.          Pág. 267     

Los dos papis, coloreados por el amarillo que se vuelve ambiente protector, rodean a José concentrados en apagar la vela de su primer cumpleaños. La mirada de sorpresa posada sobre la llama que tiene que soplar concentra toda la acción y el blanco y negro al desnudo de la cara vuelve a dar volumen y a hacerse el centro de lo que sucede.

 

Imagen 13. Con mi abuelito                  Página 283

La imagen está contagiada de morados tenues y diversos matices de azules que se proyectan envolviendo a los dos personajes, a José con su abuelito. Toda la escena expresa por todos sus poros la protección amorosa del abuelo hacia su nieto, sobre todo por ese derramarse desde arriba la atención sosegada del abuelo sobre su nieto, que se sabe protegido y que mira a lo lejos con una galleta en la mano y observando él la escena que tiene delante. Rodeados de un tenue color, el lápiz une la cara de José y a todo el abuelo, incrementando así la fusión entre ambos y resaltando la actitud protectora que destaca como motivo principal.

 

Ya sabemos que el arte no tiene que explicarse, pero es verdad que oír las impresiones de otros o darles vueltas conceptuales puede ayudar a ver más y mejor. Qué piensas. Y, a la par, háblanos de cómo fue que te planteamos, Alberto y yo el proyecto de estos dibujos.

 

[Le cedo la palabra a Rafa Rollón para que hable de sus dibujos. Lo hace comentando su concepción del retrato. Para ello hace referencia a dos modelos que cree insuperables: “Felipe Próspero” (1659) de Velázquez (1599-1660) y “Niño con peonza” (1738-) de Chardin (1699-1779)]

No da tiempo a referirse a todas las imágenes, pero quienes querías saber qué impresiones he tenido sobre ellas, os remito a su publicación escrita posterior:

 

Imagen 1. Hola, yo soy Emma                                                                    Página 13

Es la foto que Emma utiliza para presentarse. Emma está seria pero anida en ella un atisbo de sonrisa. Le hubiera favorecido más una foto sonriendo, más si se tiene en cuenta que al no ser dibujada del natural, muchos rasgos que la humanizan y la embellecerían decaen en la foto (frente al natural). El resultado final es un dibujo que anuncia que lo que va a contar es serio. El color del vestido y la flor del pelo representan en el dibujo el contexto de vida feliz en el que vive, rodeada de todo el amor que ella puede desear. Y haciendo contraste, la cara a lápiz puro y duro crea una seriedad —con sonrisa oculta— que da como resultado el anuncio de que lo que viene tendrá profundidad.

 

Imagen 2. Acabo de nacer                                                               Página 17

Emma bebé de días duerme profundamente, tiene las piernas en postura fetal con un brazo haciendo de almohada y el otro contorneando la cabeza. La mano contiene ya una cierta expresividad. Destacan los ojos rasgados y el dormir profundo pero como conteniendo unas primeras vibraciones oníricas, como si su nueva realidad que desconoce totalmente estuviera ya empezando a procesarse en sueños.

Se advierte la misma técnica, el edredón mullido y dos grandes flores blancas y amarillas, con hojas verdes. Es el escenario sobre el que reposa, la acogida  de la familia, la ternura y la acogida delicada. Y Emma, en contraste, con las luces y las sombras del lápiz anuncia que la realidad es ella y que lo que le rodea no es más que un buen deseo.

 

Imagen 3. Mi mamá me mira. Yo miro a mi mamá                       Página 35

[Ya comentada más arriba].

 

Imagen 4. Con mamá y papá                                                                      Página 49

[Ya comentada más arriba].

 

Imagen 5. Ya sé pasar las páginas de Mundus, la novela del abuelito      Página 75

De repente Emma ha crecido intelectualmente mucho. Tiene un libro, que no es un cuento con imágenes, pero lo examina de todas maneras. Lo coge, mantiene la atención un rato, le interesa el pasar de las páginas y esa especie de objeto extraño, objeto que se abre y se despliega. El dibujo, conjugando el lápiz de la cara con el color del resto, consigue concentrar la atención en esa postura tan madura y concentrada del bebé, interesada Emma como está por todo lo que le rodea y ahora por un objeto que es imposible que comprenda pero que ya le fascina. Es real no inventado. Y es como un símbolo de lo que está sucediendo.

 

Imagen 6. Tengo un año, ya camino                                   Página 185

Es la foto y dibujo con la que también se hace la portada. Otra vez el juego del lápiz para la persona y el color para el vestido y el suelo. La imagen incorpora el movimiento de piernas y brazos en el caminar del equilibrio aún incierto de los doce meses. Emma está concentrada en el equilibrio de su propio caminar, que le da un aire reflexivo, muy de ella.

 

Imagen 7.  Juego en el agua                                                Página 229

El juego del lápiz y de los colores elegidos del agua de la piscina centran el sentido de la escena: la placidez de jugar en la ingravidez del agua y la persecución acompasada de los juguetes que flotan a la deriva. Emma es plenamente consciente de que el abuelito está ahí cerquita, para protegerla, porque ahora el modo de equilibrio ha cambiado, no es el mismo aprendido en el pavimento. Juega concentrada pero tiene tiempo para torcer la mirada en quien hace la foto, porque la está llamando, pero se adivina que solo mirará un par de segundos, está más interesada en batirse en el agua, sus brazos lo señalan. Resalta el jugar tranquilo y la fuente de descubrimientos que encierra la escena, porque quizá es la primera vez que ha bajado la tortuga con su pato amarillo, quizá...

 

Imagen 8. Con mis primas. Jugamos juntos                       Página 257

El juego de lápiz para las caras y todo lo demás coloreado sigue funcionando. José está con sus primas. Por un momento el juego se ha detenido. Llevan en las manos pelotas de tenis. Por la expresión de sus caras se adivina la personalidad de cada uno. Se han sentado en los escalones porque tienen que posar para la foto, atentos a las instrucciones de los adultos. Los colores expresan la calidez del juego contenido del momento. José está en primer plano, mira con mucha concentración, entregado a la obediencia y a cierta expectación.

 

Imagen 9.  Hola, yo soy José                                                Página 261

Primer plano de José que pone en vivo y en directo su mirada expectante y el aplomo de su personalidad. El rostro del lápiz se enmarca ahora poderoso sobre un fondo verde oliva que potencia el relieve y la profundidad de la expresión.

 

Imagen  10.  Apago las velas de mi cumple, con mamá y papá                 Página 267     

[Ya comentada más arriba].

 

Imagen 11. Con mi tito y el triciclo                                      Página 273     

José está en un jardín. Es el momento intenso del juego. Se trata del dibujo con más colorido del libro. Lleva una pelota en la mano, va subido en un triciclo, su tito juega con él. El mundo funciona aquí plenamente a la escala de los deseos del niño, los cuidados que le rodean, él como centro del mundo. José, con el tamaño con el que aparece, alejado y pequeño, casi se funde con el fondo vegetal y entre el colorido de sus juguetes.

 

 Imagen 12. Con el caballo y el burrito                                Página 279

Los colores lo llenan todo. El verde del prado y el naranja rojizo de su ropa. José ha descubierto a un caballo y un burrito. Está interesado en ellos y lo demuestra señalándolos con el brazo extendido y el pulgar apuntando. Trata de comunicarse, quiere explicar lo que se ve. El lápiz de la cara hace que destaque el gesto de inteligencia. Los colores se ocupan de poner pasión a lo que sucede en el entorno.

 

Imagen 13. Con mi abuelito                                                Página 283

[Ya comentada más arriba].

 

Imagen 14. Yo no soy un bebé                                             Página 289     

José, en torno a sus dieciséis meses, se despide con una idea que empieza a anidar en su espíritu —del mismo modo que hemos visto también en Emma—: “Yo no soy un bebé”.

Significa que se está distanciando de esos otros seres que todavía no saben andar ni correr tras la pelota lejos. De pie, con las manos atrás pero con el cuerpo dispuesto a la acción, la cara centrando toda la escena, conjugada ahora con su pantalón de tirantes por la técnica del lápiz que los unifica y envuelto en el verde de un jardín, símbolo de la prosperidad vital en que se halla, la expresión de sus ojos juguetones y de su boca muy abierta en tono provocador define su personalidad: ya es una personita.

 

Imagen 15. De vacaciones con papi-mami, acostumbro a volar    Página 317                 

Al final del relato, Emma deja de ser un bebé y es capaz de decir en voz alta su propio nombre. Se reencuentra con el título de su relato: “Me llamo Emma”. Se identifica verbalmente a sí misma, con lo que la autonomía del propio “yo” queda consagrada. Pero ahora para dejar de ser un bebé.  Sin embargo, la dependencia con los padres es similar a cuando nació, aunque en otra escala.

 

La imagen de Emma lanzada por los aires como una explosión del gozo de papá y mamá por tenerla hecha ya una personita queda plasmada en este dibujo lleno de color, de verdes vegetales y azules celestes y de su vestido rosáceo agitado por el movimiento. En los tres personajes destaca el lápiz, colorido por el verde que contagia, pero en la cara de Emma y en sus brazos el lápiz es plenamente autónomo, sin color, porque la viveza de su gesto alegre y de la compenetración con sus papis, en sintonía con la alegría que se juega entre los tres, es expresiva por sí misma.

 

Finalmente, comentaré algunos momentos estelares del relato.

 

Si tengo que referirme a algunos momentos del relato que tienen un sabor especial se me ocurren muchísimos y puestos a seleccionar, estos:

 

-La primera conversación con Emma, con mes y medio, de la que ya os he hablado. (Hay vídeos).

 

-El paseo por la calle: sensaciones cinestésicas y cenestésicas entreveradas con un cúmulo de cualidades que se insertan en un paseo habitual de manera esencial (fundamental, no meramente accidental), como el revoltijo libre y en movimiento de espacio, luz, azar de eventos, distancia, ruidos, y en general «la apertura de una ventana» al mundo (distinto al mundo-casa de los hábitos cotidianos). Producen expansión del espíritu, intereses nuevos, tranquilidad, relajo, el acunarse y el sueño.

 

-La primera conversación-discusión cariñosa con su mamá. Hay diálogo evidente e intercambio comunicativo. Hay sentidos de ida y vuelta, sentidos entrelazados. Y sentidos de no entenderse del todo. Puede contemplarse aquí cómo se entrevera ya con una fuerza de réplica el lenguaje del bebé con la lengua conceptual del adulto. (Hay vídeo).

 

-La primera vez que va a coger sus propios zapatos para ir a la calle, bajo mandato de los padres. Se trata de algo nuevo aunque a retazos vivido en sus partes componentes. El bebé construye de un golpe el sentido de calzarse por sí mismo: tras hábitos, reiteraciones, repeticiones de experiencias ya vividas, con determinadas de esas partes, el bebé construye autónomamente una acción compleja con sentido social. Es compleja porque hay que identificar pronto el lugar donde está el calzado, porque hay que determinarse a cogerlo por uno mismo antes de que los padres lo hagan, porque hay que tratar de ponérselo por uno mismo con ayuda de los padres y porque hay que hacerlo por partida doble, un pie y el otro  (con la nueva experiencia del cojeo, al estar solo calzada de un solo pie caminando). Se da una comprensión de la demanda, una localización abstracta (recuerdo) de un lugar, una invitación a la creatividad de un proceso complejo para esa edad (y por inédito), una ejecución con fruición y con el embeberse consiguiente, y con fluidez, pues, a pesar de hacerlo en dos tiempos (primero un zapato y luego el otro), la acción del espíritu es continua y no discontinua ni quebrada. (Hay vídeo).

 

-La primera vez que se siente culpable y que lo admite. Recuérdese la escena en la que la abuela la riñe después de haber pegado (un poquito solo, es verdad) a dos niñas que juegan a su lado, al cogerle «sus» cosas.

 

-La primera vez que se llama a sí misma Emma, es decir, no solo que reconozca ese nombre como designándola sino que lo utiliza verbalmente para referirse ella a sí misma. (Hay vídeo).

 

-O, si hablamos de José, la escena donde imita a su abuelo, quien imita el rebuzno del burro, que los dos tienen a la vista. Y cómo esta proeza realizada con naturalidad se convierte en un elemento a reiterar, por la fruición que causa este tipo de conquista fonadora, imitadora y recreadora.

 

Lo dejamos aquí. Gracias por vuestra paciente amabilidad.

 

 

 

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Mi Biblioteca Editorial SSC 729

 

 

La edición se encuentra

 

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En una historia vibrante, donde las emociones estéticas y los análisis de ideas se mezclan, el autor se adentra en una ficción comprometida con la lógica de lo real. Mundus,  «novela filosófica», representa  la apuesta por entender nuestro mundo presente tomando distancia de cuatro siglos para poder contemplarlo en todas sus consecuencias. 

 

 

 

 

En Mundus el autor se ha propuesto avanzar cuatrocientos años con el fin de poder contemplarnos con suficiente distancia.

 

¿No entendemos ahora lo que pasaba en la época de Cervantes o Shakespeare, mejor que ellos a sí mismos?

 

¿Y no vemos cómo parte fundamental de lo que entonces se sembró florece, para bien y para mal, ahora?

 

Mundus se aúpa en las alas de la ficción. Es importante que el recreo estético se despliegue fluidamente. La intriga narrativa y los momentos de suspense a lo largo de toda la historia son frecuentes. Y la trama se construye desde la acción, una acción en parte policial, en parte distopía y en parte ciencia ficción.

 

Mundus es también una novela filosófica. Por esa razón, existe un andamiaje que nos lleva a una reflexión de fondo en todo su hilo narrativo. En algunas escenas concretas esta reflexión aparece en primer plano, con el fin de conmover el espíritu del lector en sus emociones pero también para que tome partido racional y crítico.

 

Por ello, en la trama de Mundus se ha propuesto establecer una tensión entre un futuro probable y lo que nuestra civilización presente estaría ya proyectando. De este modo, se abre la ocasión de reflexionar sobre las consistencias/inconsistencias de la civilización en la que nos hallamos: ¿en la senda de un prometedor progreso?, ¿o quizá al contrario?

 

Por ello, la perspectiva desde la que se ha escrito Mundus, perspectiva implícita mucho más que explícita, es la siguiente:

 

Pretendemos haber encarrilado nuestro progreso en la libertad, la igualdad y la fraternidad, ¿seguro? Y, en todo caso, ¿no debemos plantearnos de qué libertad-igualdad-fraternidad hablamos? Los personajes de Mundus se encuentran, precisamente, con la imperiosidad de contornear bien estas ideas prácticas.

 

 

 

Asistiremos a dos modelos confrontados: el representado por Edmundus Delmundo y sus dos nietos, Silvia y Yóbrek, y el que trata de imponer Adolph. Repensar el ideal global de civilización, en el que luchan protagonistas y antagonista, conlleva reflexionar sobre ciertos hilos conductores de la vida personal y social:

 

-¿No es preciso reordenar la religión dentro de la cultura?

 

-¿No es necesario que la sexualidad, como pulsión elemental, entre en equilibrio con el resto de estratos de la persona?

 

-La dimensión estética y la ética, los dos polos que regulan la vida, ¿no han de encontrar su equilibrio recíproco?

 

-Las exigencias políticas y los valores ético-morales (sin olvidar los conflictos entre lo ético y lo moral), ¿no han de ser calibrados adecuadamente en una sociedad que siga aspirando a la justicia?

 

-¿No es preciso seguir buscando denodadamente el modelo idóneo de educación: racional y emancipadora?

 

-¿El equilibrio personal no ha de ser una tarea elemental en cualquier proyecto de vida? Y para ello:

 

* ¿No hemos de tomar conciencia de que existen comportamientos autodestructores? ¿y de que una de nuestras principales exigencias es cómo prevenirse ante ellos?

 

* ¿No debemos prever las patologías más maléficas que nos acucian?, ¿y no debemos saber cómo encararlas?

 

* ¿Los valores no son plurales y diversos? ¿Y, no obstante, no es verdad que los valores existen? Y, entonces: ¿no es preciso mantener despierta y lúcida una actitud crítica y autocrítica para contornear bien las divisorias entre el bien y el mal, y para no caer ni en el nihilismo ni en el confusionismo relativista?

 

* ¿No es verdad que en la historia se han cometido grandes errores? ¿No es necesario huir como de la peste de algunos de ellos: de la búsqueda del tirano “liberador” o de la renuncia al gobierno racional de sí mismo?