Escritos literarios 27     Menéndez Salmón y los contornos de la culpabilidad

 

«Medusa»: cuando aquello a lo que miras  te mata.
Ricardo Menéndez Salmón profundiza con Medusa, su última novela,
en los contornos de la culpabilidad.
Medusa, Ricardo Menéndez Salmón, Editorial Seix Barral, Barcelona, 2012.
 
Medusa continúa la saga narrativa anterior de Menéndez Salmón. Ensambla con gran parte de su obra precedente y especialmente con  «La ofensa» (2007) y «La luz es más antigua que el amor» (2010).
«La ofensa» se propuso recorrer esas influencias que el alma puede operar sobre el cuerpo, cuando el sufrimiento es insoportable: la transformación de un soldado alemán, sastre, en la segunda guerra mundial, cuya sensibilidad está hecha para la música y no para asumir aquella «épica» nazi. Y «La luz es más antigua que el amor» supuso el propósito de mostrar esos lugares donde el arte y la belleza pueden redimir con su sentido del resto de los sinsentidos donde nos movemos. Ahora, «Medusa» vuelve a la Alemania nazi, a un personaje, Prohasca, cineasta, pintor y fotógrafo que trabaja para aquel régimen exterminador y genocida, aunque él no ha elegido aquella guerra. Pero el horror de la guerra sí le ha elegido a él, a través de su oficio. Y su identidad quedará atrapada en esas imperativas circunstancias.
Los tres escritos funcionan narrativamente, como novela con personajes; pero, a la vez, ciertas ideas pasan a ser protagonistas, con un claro afán de reflexionar y de indagar en el problema que se va imponiendo. En el envés de lo narrado hay un esfuerzo por dar nombre a lo que pasa de verdad, innombrable, visible pero difícil de comprender. Por ello, en la lectura vamos apercibiéndonos del ensamblaje de la historia pero a un mismo tiempo experimentamos el esfuerzo por comprender algo que se nos escapa.
Menéndez Salmón nos lleva en «Medusa» por la biografía de este artista trágico: la influencia negativa de su madre en la niñez, después la experiencia nazi, la amistad con el judío Jacob Stelenski y el resto hasta su muerte en 1962. Una historia que está construida con muchos golpes de ingenio y con una trama simbólica que le da unidad. Pero no se trata solo de contar una historia posible, porque la vida de este artista alemán encierra una terrible pregunta: ¿es Prohasca culpable, por haber fotografiado y filmado el horror nazi, por haber «cooperado» a ello desde esa profesión que le vino impuesta? Y, en todo caso, ¿por qué y cuándo empezaría la culpa?
La narración y la línea de la culpabilidad que se va dibujando —línea que puede interpretarse también como inocencia— se construye problemáticamente, como es de esperar en un caso tan etéreo: su obra consistió en hacer arte del sufrimiento, mirándolo, callando y fotografiándolo; arte de la atrocidad, contemplándola, callando y filmándola.  No sabemos de parte de quien estaba, aunque se adivina que él era una víctima más y no un verdugo. Es difícil juzgarle en contra, nada sabemos de él como persona, solo conocemos su trabajo artístico, bien hecho, aséptico, mecánico, mudo… Pero es difícil juzgarle positivamente, porque su compromiso con las causas justas se va sugiriendo en sus postreros años, cuando ya es tarde para remediar el mal hecho por la guerra.
La culpabilidad posible va adquiriendo distintas intensidades, distinta musicalidad… suena diferente a medida que va avanzando la historia y vamos conociendo mejor al personaje, no tanto por lo que hizo en casos concretos sino por la obra de su vida, en conjunto.
Este anónimo sujeto sin escapatoria nos provoca, quizás, la tentación de salvarlo a través de una culpabilidad generalizada, con el «todos somos un poco culpables», pero la trama argumental no es tan simple: no se trata de entenderlo todo para que todo quede impune siempre.
 
En definitiva, creo que la culpabilidad se trata no solo problemática sino asertóricamente. Tantas atrocidades han de tener culpables.
Pero ¿hasta dónde llega la culpabilidad cuando al mirar el sufrimiento de los inocentes y perseguidos vemos que mata a quien mira?
SSC
Octubre de 2012
Inédito