Amnistías, amnesias y anestesias

 

El  debate sobre el perdón a los participantes en el «procés» catalán

 

 

Imaginemos que un gobierno decide aplicar una amnistía. Puede haber consenso o no. Si no hay consenso, los del No a la amnistía podrán apelar a la injusticia, a la arbitrariedad y la desigualdad. Los del Sí podrán replicar que siendo eso verdad, se aspira a una justicia superior: la reconciliación.

Hasta aquí, todo funciona con su lógica correcta, es la controversia política en vivo. Cada parte defiende sus intereses.

 

Pongamos que lo que se somete a discusión es la legitimidad del independentismo contra la del constitucionalismo. Los actores del litigio son tres: la ideología secesionista —moral particular—, la ideología constitucionalista —moral particular y legitimidad política— y las instituciones del Estado (garante del juego limpio político).

 

Pero es evidente que no se trata de un problema que pueda ser despejado desde la mera gestión política, porque afecta en profundidad a toda la población. ¿Cómo podrá intervenir este juez supremo popular, para verificar el juego limpio? Evidentemente, a través de la aplicación de los principios legales que preservan la soberanía que dimana del pueblo (político), pero también a través del Juicio histórico que cualquier ciudadano —al margen de su ideología— pueda consolidar como sujeto ético íntegro (o sea, en cuanto defienda lo verdadero sobre lo falso).

 

Así, lo que está en juego es la Verdad, con todas sus formas de conjugarse. Llegará a ser una verdad legislativa (política) cuando la amnistía efectivamente se aplique. Pero siempre seguirá siendo un hecho que se habrá aplicado en nombre de la reconciliación de todos los españoles. Por tanto, hay dos amnistías, la legal, resultado del juego de gobernar (político-moral), y la histórica, resultado de que la finalidad propuesta —ético-político-moral— se cumpla. ¿Pero a quién le importa esta última? Le importa al ciudadano justo (bien informado) cuando examine el devenir del equilibrio interterritorial en España.

En esta perspectiva, un ciudadano prudente revisará los componentes a la vista en el escenario y analizará su consistencia.

 

¿Proponer una vía de referéndum de autodeterminación es creíble? ¿Es creíble que una parte tenga que ser la única legítima, en detrimento del todo que está involucrado? ¿Es creíble un concepto de autodeterminación que se construye con finalidad política, pero con mimbres esencialmente morales: «tenemos nuestra identidad: nos declaramos insumisos, pues tenemos nuestro derecho a la libertad», como si eso eliminara la libertad del resto? ¿Es creíble mientras se defiende el desacato a la Constitución? ¿Qué se infiere de aquí: se reclaman libertades o, más bien, se delira y se conspira?

¿Pero es que acaso no sería lícito conspirar, no lo hace todo el mundo anclado en su ideología legítima? Así es, la lógica interior de los grupos morales se ve impelida habitualmente a conspirar. ¿Pero no es verdad que no se trata solamente de una conspiración ideológica, sino que sería deslealtad, deslealtad de cargos institucionales y de quienes incumplen la Constitución vigente? ¿Y si esto fuera así, no sería juego sucio, no solo ideológico, sino ético-político?

 

Es verdad que la democracia funciona fundamentalmente como una estructura procedimental y representativa. Pero estos procedimientos y esta representatividad son muy exigentes, porque hunden sus raíces en la Supremacía popular, Juez último. Y a este nivel, el destilado de la política no puede contradecir los principios éticos (que son de aplicación universal).

 

Entonces, ¿es juego limpio pretender imponer las libertades ideológicas particulares (la autodeterminación) como si se tratara de una libertad del conjunto? ¿Es juego limpio hablar de opresión, de persecución y de represión, con un claro sentido ético en un contexto ideológico? ¿No es esto vestir la libertad ideológica (moral) con el traje de la libertad universal (ética)? ¿Es creíble que las ideologías de las personas están perseguidas políticamente en Cataluña o en España? La clave del juego sucio estaría en esa finura de prestidigitador para cambiar imperceptiblemente de lugar las cartas morales con las políticas y las éticas.

 

¿Y el juego sucio no está también en que los problemas realmente existentes se desplacen por otros fantaseados y quiméricos? ¿Y cómo se resarcen generaciones enteras de un ruido mediático inútil y de una polvareda tóxica? ¿Se habla realmente de autodeterminación y de libertades, en medio de ese ruido, que pretende una composición inviable, pues son longitudes de onda incomposibles? ¿O se trata de la pura lucha por obtener un poder territorial mayor en el conjunto del Estado?

Ante este panorama, es una tarea heroica política proponerse superar esta confusión, esta corrupción de conceptos (libertad y democracia) y esta confrontación ideológica sin salida posible (salvo el abismo). Y preguntamos: ¿el gobierno que toma esta vía reconciliadora, lo hace como quien echa una ficha en el tablero de las apuestas electorales o como quien se siente con fuerzas históricas (ético-políticas) para encontrar las claves de un equilibrio interterritorial sin chantajes?

 

«Amnistía» es etimológicamente olvido, como «amnesia». Y «anestesia» es sedación, un dolor encubierto, olvidado. De ahí que el buen demagogo podrá hacer su juego malabar muy pronto, tal vez así: la calidad ética anestesiada, la ideología amnésica y la amnistía olvidada, y ¡hagan juego! Sin demasiada tardanza comprobaremos si caminamos por la calle de una corrupta democracia o por la avenida de una verdadera política de Estado.

 

Silverio Sánchez Corredera, doctor en Filosofía

 

En La Nueva España, Tribuna, jueves, 21 de marzo de 2024, página 28:

https://www.lne.es/opinion/2024/03/21/amnistias-amnesias-anestesias-99753206.html