Discurso de Graduación 2016

 

 

 

Estamos aquí reunidos en un día de despedida y de homenaje a los alumnos que se gradúan como bachilleres y como técnicos superiores de Diseño y Edición. Festejamos el haber llevado a culmen una hazaña de lucha y superación. Homenajeamos el trabajo inteligente, el esfuerzo de la voluntad, la persistencia y la constancia. Me alegro con todos y cada uno de vosotros de que lo hayáis alcanzado. ¡Enhorabuena!

 

Pero hoy es también un día de despedida. Y no se trata de una despedida triste sino alegre. ¿Por qué? En mi caso, porque sé que uno no se va del todo de estas experiencias. Se trata de un pasado que va a seguir vivo en el futuro. Cabría dudarlo, porque la profesión de docente está en crisis. Y de esto es de lo que ahora voy a hablar, haré como si tuviera que aconsejar a alguien que dudara si dedicarse o no a la enseñanza.

 

Si tuviera que aclararle las ideas a alguien que dudara ser o no ser profesor, le diría: ¡ándate con cuidado, mira bien donde te metes! Porque ser profesor no es otra cosa que estar preparado y dispuesto a "entrar en el aula", un aula donde hay decenas de chicos y chicas que tienen otras preocupaciones inmediatas y otras urgencias distintas de las que a ti te llevan allí. Ser profesor es, por tanto, estar preparado para nadar a contracorriente. Si las clases estuvieran compuestas por alumnos que desean saber, ¡ah! ¡qué bicoca sería esta profesión!

 

¿Por qué, con todo, a algunos o a muchos nos gusta esta profesión? Se me ocurren dos razones. Supongo que es porque se va comprobando que no te disgusta tratar con ese "material humano" hecho de juventud explosiva y a la vez frágil: jóvenes arrogantes, traviesos, indómitos, saturados de exámenes y sometidos a rigurosas horas de atención, troceados en muchas asignaturas, cada una de las cuales es la más importante —según el profesor de turno— En este clima, ¿no es lo normal que tratéis de relajaros, de evadiros un poco, y de aprovechar para socializar más que de ser estrictamente académicos?

 

Sin embargo, después de tomar posiciones en este abrupto territorio, yo —desde mi supuesta experiencia—le diría a ese aprendiz de profesor esto: "es sano comprender a los alumnos, ponerse en su lugar... pero esa no es tu labor principal —"ser su psicólogo", que a veces también hay que serlo desde luego—, porque tu tarea principal es llevarles hacia un esfuerzo necesario lleno de inclemencias y renuncias. "Ser profesor es estar dispuesto a entrar en el aula para que los alumnos hagan esfuerzos que por sí mismos ellos no harían". Hay que desterrar esa falsa idea de que ser profesor es tener un tesoro de conocimientos que te toca entregar a jóvenes deseosos de recibirlo... Siempre puede haber uno o dos o incluso tres, que sí que están deseosos de aprender, pero un profesor no es "un profesor particular" sino un enseñante que guía a todo un grupo. Y como grupo de conjunto, la imagen que mejor les retrata es verlos en el quicio de la puerta, cuando te retrasas en llegar, esperando para que finalmente no llegues, y para que te desdibujes de sus vidas... ¡Así te quieren los alumnos!

 

Ahora bien, tampoco hay que pasarse en el análisis crítico: ¡se corre el peligro de espantar a todos los que crean sentir la vocación de enseñar! Porque es verdad que son miles los momentos de desazón y de ceño amenazante los que te aguardan como profesor de enseñanzas medias, pero también hay cientos de momentos agradables, sonrientes, de afecto y reconocimiento mutuo. Si no fuera por esta contrapartida ¿quién soportaría este oficio? Y, con un poco de suerte, puedes encontrarte con algunos momentos mágicos, brillantes, en los que la atención se ha concentrado, el aprendizaje se vuelve sólido, las sensaciones se comparten unánimemente y  la clase en su conjunto saborea el estar nutriéndose. ¿Por qué no reconocerlo?, también hay momentos sólidos, en los que una pepita de oro surge en el aula.

 

Yo tengo una colección de pepitas que voy reuniendo año tras año. Algunas son diminutas, casi despreciables. Muchas tienen que ver con la materia filosófica pero otras sencillamente se refieren a la faceta de educador.

 

La mayoría de los que me conocéis  recordaréis la escena de la bola de papel en vuelo hacia la papelera. Es algo recurrente. Siempre hay algún alumno o alumna que arroja desde lejos a la papelera una bola de papel, y suele fallar. Entonces yo le miro... mientras sus compañeros empiezan a temer por su vida, craso error, porque reconocido el gesto como inocente, lo que a mí más interesa es señalar que hay una relación entre fallar el tiro y la falta de confianza en sí mismo. Por eso acostumbro a recoger el papel, se lo entrego de nuevo y le mentalizo para que se concentre y para que gane en autocontrol y en seguridad en sí mismo, porque estoy convencido que en buena medida es falta de seguridad. Compruebo inmediatamente que este juego les resulta a todos apasionante. ¿Qué se demuestra con esto? Dos cosas. Una la captan todos, estoy seguro: que se puede romper la seriedad habitual con una broma, sin que la clase pierda en contundencia, todo lo contrario... Es verdad, te pones en riesgo de que aquello se despendole y que te cueste volver a la seriedad del trabajo. Consejo: lo mejor es hacer el experimento a punto de tocar el timbre, salvo que uno controle bien todos los dispositivos y se encuentre con fuerza guerrera ese día. La segunda consecuencia que se puede extraer de este experimento educativo, y de esto ya no estoy seguro que todos la capten bien —escurriéndose como están en el tobogán del juego— es que en el resultado de nuestros empeños es capital creer en nosotros mismos. O sea, que no se puede pretender encestar en medio de dudas, inseguridades y titubeos. Y que, lógicamente, no me interesa tanto el tema del enceste en sí mismo sino de reflexionar sobre el autocontrol y la firmeza. ¡Qué iluso, supongo que pensaréis muchos, cómo va a sacar nadie esa conclusión, aunque intentes resaltarla! Pues ya tenéis aquí otra recomendación para ese aspirante a profesor o profesora: ser un poco ilusos puede resultar sano, a mí me ha ayudado.

 

Hay otras pepitas de oro más académicamente serias, como cuando se analizan temas sesudos y trascendentes y hasta de actualidad, y ves que todos tus alumnos se involucran, y se produce un intenso cruce de ideas cargadas de fuerza, y encuentras la satisfacción de ver que se aprende algo que tiene un sentido reconocido e inmediato. Y a veces, estos episodios tienen hasta una pequeña historia de continuidad.

 

Una de estas historias es la que voy a rememorar ahora con algún detalle. En 2014 un grupo de alumnos, y uno de ellos más en concreto, ganó la medalla de oro de la olimpiada de filosofía, primero en Asturias y después en España, en la modalidad de foto filosófica. La historia de este premio no fue algo lateral o un trabajo paralelo que tuvo fortuna sino que fue también una de esas pepitas de oro de las que hablo (aunque solo sea para animar a los futuros enseñantes).

 

 

 

Uno de mis grupos de 2º de bachillerato me propuso realizar una foto en la que pretendían implicarse todos los de la clase, «¡y así podría subirles un punto a cada uno!» decían con ingenua picardía. En un principio, como suele suceder en estas dinámicas de gran grupo, fueron especialmente cuatro alumnos, entre ellos una alumna líder nata, los que más lucharon por el proyecto.

 

La idea consistía en recrear  el mural de la Escuela de Atenas de Rafael ocupando ellos el lugar de Platón, Aristóteles, Sócrates, Heráclito, Parménides, Pitágoras, Diógenes el cínico, Hipatia y todos los demás. En principio, la idea parecía una simple ocurrencia, pero qué duda cabía que el mero intento de coordinación grupal y todo lo que comportaba de juego escénico y de elementos lúdicos arracimaban un fuerte núcleo de emociones compartidas que venían a dar calor natural a la tarea de aprender. Así que, a la vez que les prevenía sobre el berenjenal en el que íbamos a meternos, les dije que me parecía una idea excelente.

 

El fresco de Rafael, de 1511, en donde se representa a los filósofos y científicos más sobresalientes, desde aquella mirada renacentista, era bien conocido por todos, puesto que aparte de ilustrar la portada de nuestro manual lo habíamos comentado alguna vez, especialmente para resaltar el mensaje contrapuesto de las dos figuras centrales, la una señalando con el dedo hacia arriba el mundo «celeste» de las ideas (Platón) y la otra (Aristóteles) rectificando con el gesto la tesis de su maestro, al señalar con su mano hacia las cosas de la realidad terrestre.

 

Durante varias semanas dieron vueltas al proyecto entre ellos y lo retomamos a retazos en clase para ir enderezándolo, y me pareció, desde el ruido del fragor de la batalla que me iba llegando por indicios y por reflexiones sueltas, que les estaba costando convencer a todos y cada uno de los del grupo que aquello merecía la pena intentarlo... Por eso, un día, la alumna que colideraba todo aquel proyecto me dijo: «¡profe, olvídate, no hay con quién contar!». No me enfadé ni me sentí defraudado... después de todo llevaban una vida llena de deberes cotidianos y de exámenes sistemáticos y ya tenían bastante con debatirse entre el suspenso y el aprobado como para exigirles que se pusieran de acuerdo por unas míseras décimas que seguramente iba a concederles... La sombra de decepción que traté de ocultar, no iba dirigida contra ellos, sino contra la débil e individualista naturaleza humana, de la que ellos no eran culpables directos.

 

Sin embargo, aquel derrotismo había sido en realidad un síntoma de que la cosa iba madurando según su ritmo propio,  porque pasado poco tiempo un buen día, a bocajarro, al entrar en clase me dijeron, «¡profe, hoy hemos venido preparados, nos hemos vestido todos de oscuro y el resto de detalles ya los tenemos controlados...». Así que en un segundo pasan por la mente de un profesor cosas como «pero esto no es serio, teníais que haberme avisado... para pedir permiso en dirección... hemos de realizar una actividad fuera del aula y eso requiere... y qué pasa con el reglamento de régimen interno...». Pero estaba claro que esa reacción mía, la profesoral, «correcta» y «reglamentada», no hubiera sido la adecuada, porque la realidad de lo que estaba sucediendo en el aula necesitaba romper los rígidos moldes pensados para los ritmos cotidianos pero no para las excepciones explosivas. Por eso, sin titubear (aunque meditaba todo esto que acabo de apuntar), les dije, «¡venga, vamos allá!»... nos tomamos unos segundos para poner una única norma (no molestar a los demás grupos) y para decidir el emplazamiento definitivo de entre los dos más idóneos. Pensando en la escalinata más tranquila y en la que le daba el sol en esos momentos... pues la luz era importante para la foto, nos desplazamos fuera del aula hacia allí y les dejé componer la escena mientras yo comunicaba rápidamente en Dirección mi actividad intempestiva y me hacía con un globo terráqueo y con una cabeza humana que conseguí del laboratorio de ciencias naturales... Cuando llegué me encontré, maravillado, con el cuadro que tantos años le costó pintar a Rafael representado por mis alumnos en unos pocos minutos con una fidelidad encomiable. Una alumna se había ofrecido para encuadrar bien la foto y para darle al clic.

 

Entre los problemas que habían tenido que solventar estaba el de cómo ligar aquella composición con el tema de la libertad de expresión. Ya lo habíamos debatido alguna vez y había quedado apuntado que escenificaríamos una Escuela de Atenas contemporánea cuyos filósofos hubieran sido discretamente acallados, casi sin que se notara. Por eso, entre otras ideas barajadas, se acabó imponiendo la de aparecer con la boca tapada con un esparadrapo color carne, que no fuera muy chillón, de modo parecido a la silenciosa y sibilina represión sobre el pensamiento que hoy sin duda sigue ejerciéndose...

 

Ya teníamos la foto seleccionada, pero ahora había que intentar aproximarla al máximo a la Escuela de Atenas primigenia: evidenciar la conexión entre ambas, solidificar el paralelismo... Entonces, Juan Francisco Piñera Ovejero, experto en el manejo de programas de tratamiento de imágenes, se ofreció para ensayar una superposición de los dos cuadros lo más ajustada posible. Dedicó varios días y muchas horas mientras íbamos conociendo sus avances. A la vuelta de la segunda semana, trajo el resultado que él creía más aceptable. A todos nos gustó.  Alea jacta est, la suerte estaba echada.

 

A ratos sueltos, fuimos debatiendo el título y decidiendo quién iba a representar al grupo en las olimpiadas, pues la titularidad era individual. También planteamos cómo se distribuiría un futuro posible premio...

 

El grupo decidió unánimemente que les representara Frank (Juan Francisco Piñera), no solo porque se fiaban de él, por su seriedad, rigor y generosidad... sino porque él era con mucho el que más trabajo había aportado y el verdadero artífice final de la fotocomposición.

 

El día del fallo en Asturias quedó seleccionada nuestra foto junto a otra finalista del Colegio Marista Auseva de Oviedo. El jurado se expresó de esta manera: «Primer premio, a La academia de filósofos mudos, presentada por D. Juan Francisco Piñera Ovejero, alumno del IES Emilio Alarcos de Gijón, [...] por haber sabido actualizar una imagen clásica como soporte del tema del concurso, y felicitamos a los participantes en esta obra por haber materializado una idea que conlleva una dificultad organizativa apreciable.»

 

Ganar un premio está bien, pero qué hubiera pasado si no lo hubiésemos alcanzado. Es preciso tener la actitud de retirar todo el ruido que hacen las nueces y la honradez de reconocer que lo único que alimenta es el fruto interior...

 

El premio principal ya lo habíamos obtenido antes de todo galardón, con la particularidad de que solo nosotros lo hubiéramos sabido. Porque habíamos conseguido ya unas relaciones más fluidas en el aula, un interés añadido sobre personajes históricos y significados icónicos, una visión directa del nexo entre el Renacimiento y la Antigüedad y entre estos y nuestro presente, y habíamos condensado una idea compleja en un gesto simple, el que separa (y une a la vez) a Platón y Aristóteles. Habíamos dramatizado la pluralidad de ideas que comporta filosofar, incluida la actitud cínica de ese Diógenes que echado  en el suelo denuncia los excesos de su tiempo. Y habíamos sentido sobre labios propios la sensación de no poder hablar, al tenerlos sellados...

 

Bien, volvamos a la reflexión principal que tratamos de abordar. Estas anécdotas que he narrado no representan el día a día, ni mucho menos, de mis clases de filosofía. La realidad está llena de pizarras con esquemas que brotan por todas partes para tratar de recomponer de forma sintética y coherente temáticas que suelen ser complejas y difíciles. La realidad del aula suele ser enojosa y cansada... Y por eso vosotros tenéis la tendencia a evadiros en cuanto hay un resquicio... Es decir, la realidad es más bien exigente para el alumno y para el profesor. Por eso, mereceríamos que quienes programan nuestras vidas desde lejos no legislaran en contra de los elementos que mejor cooperan a nuestro trabajo.

 

Para ejercer la profesión de docente es preciso que uno mismo crea en lo que está haciendo, que esté convencido de su fertilidad y de su necesidad. Y para que este profesor pueda desarrollar esa labor, necesita una cierta estabilidad en los programas y el aliento de la sociedad (a través de rectas decisiones políticas). Pues bien ni ha habido estabilidad ni apoyo, sino mercadeo ideológico y continuos desplazamientos del terreno que pisábamos, que no llevaban a ninguna parte deseable. No digo que todos los cambios hayan sido negativos, pero sí que ha habido demasiados errores.

 

Los profesores de filosofía en concreto tenemos una retahíla de quejas. Se ha ido progresivamente degradando la importancia académica de nuestras asignaturas. Quizá con razón, pues en una sociedad el pensamiento complejo y crítico bastaría con delegarlo en una élite de especialistas y asesores. ¿Para qué habrían de tener visiones amplias —éticas, políticas, científicas, históricas...— y críticas quienes estarían llamados a ser técnicos y dóciles trabajadores?

 

Se nos ha cambiado extrañamente el nombre de algunas de nuestras asignaturas, reprogramándolas al arbitrio de intereses ideológicos pero no formativos. Los materiales que todo profesor quiere ir aposentando y mejorando poco a poco han caducado prematuramente sometidos al oleaje de los alocados cambios legislativos. ¡Que se atrevan ya de una vez a quitar las asignaturas filosóficas! Porque si entre sus temas de análisis está el reflexionar sobre qué pueda ser la felicidad o la justicia, ¿no vendrán pronto los robots a trabajar por nosotros y a hacernos más felices? ¿Y no vendrán los programas informáticos integrados a establecer una definitiva vida política justa? ¡Qué bien, en el futuro ya no será necesaria la filosofía!

 

Muchas gracias

 

 

 

SSC

 

Gijón, 19 de mayo de 2016

 

 

 

 

 

Unas palabras en la comida de jubilación

 

 

 

Queridos amigos y amigas.

Compañeros de fatigas.

Llevo tiempo meditando sobre qué pasa con esto de hablar en público. Para la mayor parte de la gente es un trago que hay que superar: el miedo escénico (hay ojos que te están escudriñando), el miedo a quedarse en blanco y el miedo a ser improcedente o a cansar. Sin embargo, la mayor parte de las personas son muy hábiles en esto del hablar: en el diálogo interpersonal y en la capacidad narrativa que solemos tener para contar, por ejemplo, nuestros últimos avatares. 

Se vuelve más difícil cuando hay que enfrentarse a un público ya no interpersonal sino grupal y que permanece expectante, situándonos como el actor dentro de un teatro. Y cuanto más trabado, complejo, preciso y trascendente haya de ser el mensaje tanto más difícil se vuelve.

 

Hay personas que tienen el oído musical perfecto y otras que son oradores natos. Yo, que tengo que esforzarme para decir lo que siento o pienso, me eximiré de esta concentración que exige la oralidad y diré lo que quiero así:

La sensación de estar jubilado supongo que se vive de forma diferente en cada caso, aunque calculo que algo en común habrá también.

 

 

Yo la vivo con un sentimiento mezcla de varios afectos. Tengo la sensación de que me han dado un premio, que he conseguido superar una nueva oposición, que tengo en mi poder un billete difícil de obtener para un viaje maravilloso que siempre recomienza.

 

Abro mentalmente a menudo este regalo y me recreo viendo que conserva intactas y bien trabadas todas las partes que advertí desde el principio. El día sigue teniendo 24 horas, pero resulta que ahora soy yo el dueño casi absoluto del tiempo. Esto me conmueve sobremanera. Antes, tenía la sensación de moverme en los intersticios de múltiples obligaciones, y ahora eso ha desaparecido o su residuo es despreciable. Los compromisos que ahora me impongo proceden de objetivos agradables a mi voluntad. Supongo que me esperan tormentas futuras que me obligarán a no andar por el mundo tan alegremente, pero mientras el clima me resulte tan favorable, seguiré disfrutando de él.

 

La semana sigue teniendo siete días, pero ahora soy yo el que decido casi siempre cuándo quiero que sea sábado, y paso el domingo para el miércoles, porque me viene mejor… y todos los lunes los convierto en viernes festivos.

 

Y esto de estar jubilado no es que te dan unos meses de regalo y luego te llaman, “Perdone, mire, que seguimos necesitándole. Además… es por la crisis, que no nos la quitamos de encima, y que si puede venir a echarnos una mano…”. No, no hay nada de eso. Es todo el tiempo y no va de broma pasajera ni obedece a criterios inestables.

 

La garantía que venía en el paquete del regalo lo decía muy claro: “Todo el tiempo, siempre, y a lo largo y ancho del mundo”.

 

¿Que si tengo algún sentimiento de culpa, de tener demasiado frente a quienes tienen menos? ¡Claro que deseo que todos puedan tener lo que yo en condiciones similares!, y aun así, no un sentimiento de culpa pero sí como de extrañeza, de que antes era más pesado y ahora más ingrávido.

 

Supongo que hay tres grandes buenos modos generales de usar el tiempo:

 

Primero, navegar a la deriva medio adormecido y abrir un poco un ojo cuando un graznido de gaviota altera la paz.

 

Segundo, dejar transcurrir el tiempo e ir improvisando con planes a capricho.

 

Tercero, llenar el tiempo como si uno estuviera trabajando, pero haciendo lo que a uno le apasiona, y pudiendo pasarse a la situación segunda y primera cuando convenga. A mí el modelo que más me satisface es este tercero. Me gusta llenar el tiempo todo lo que puedo, y cada día tiene su programa (por así decir), pero sabiendo que puedo introducir cuando desee el divagar o el no hacer nada, un hacer nada, atento y contemplativo, o si lo prefiero totalmente distraído.

 

Antes de recibir este regalo, me había preparado mentalmente, porque no quería quedar desorientado o perdido. Y había hecho planes sobre  algunas pequeñas obligaciones que debía imponerme, sobre todo relativas a practicar el debido ejercicio físico, porque dados mis gustos, podía pecar de horas sedentes. Y no había decidido del todo a qué hora me iba a levantar: si a las 8:00 o las 9:00 o las 9:30. Y claro, tendría que poner el despertador. Pues bien, como lo que me espera cada día es algún tipo de aventura o proyecto, y seguramente porque vivo sin estrés ni exigencia ni presión ni opresión ni agobio ni rendición de cuentas ni lucha intempestiva…, me levanto sin despertador alguno a las 8:00 o antes, sin pereza y sin sueño, porque cada día ha de ser aprovechado para sentirse vibrante.

 

Ya sé que a algunos de vosotros os da vértigo pensar en jubilaros, sobre todo porque tenéis miedo a aburriros, a no saber llenar el tiempo o a no saber llenarlo con donaire. Quiero tranquilizaros. Es más fácil de lo que parece.  

 

Yo no soy nada propenso a aburrirme, suelo llenar el tiempo con facilidad. Siempre tengo proyectos empujando unos a otros. Pero no cabe duda que hábitos demasiado homogéneos y rutinas muy establecidas pueden quitar colorido a la vida. Por eso es bueno tener un abanico diverso y abierto. No solo leer, que nunca me cansa (salvo el cansancio físico de la postura), no solo escribir, que tanto me gusta (aunque lo resuelva medianamente, las más de las veces), no solo hacer ejercicio diario, tan necesario para envejecer a un ritmo idóneo…, sino disfrutar de cuanto salga al paso: conferencias interesantes las hay a menudo en Gijón, cine y exposiciones se encuentran a raudales, conciertos también, paseos hermosos o apacibles, qué decir a los que vivimos en uno de los paisajes —Asturias y Gijón— más ricos. Y a todo esto, se le ha de añadir algún hobby: en mi caso, la fotografía (solo soy un principiante, ¡malo!) y la montaña y el senderismo. ¡Ah, las excursiones de montaña, y la suerte de haber encontrado a Vigil y a Zapico! Cada salida, ya van cinco (seis, en realidad), son una oxigenación de cuerpo y espíritu, una conversación interesante asegurada, nuevos conocimientos, un fundirse con paisajes sublimes y una aventura entre amigos.

 

Así que, no os preocupéis, hay formas de no aburrirse.

 

¿Que si echo de menos mis clases, mis alumnos, a vosotros? ¿Que si al menos vuelvo la vista atrás, y qué es lo que veo?

 

Bueno, lo que hago es no repudiar mis recuerdos, mezcla de aspectos desagradables pero necesarios y de relaciones positivas (casi siempre con matices) y de momentos exultantes, como tantos y tantos con mis alumnos en el aula y algunas veces en experiencias comunes con vosotros. Un momento hermoso es, por ejemplo, verles cómo se gradúan, a quienes has ido siguiendo la pista durante años, a quienes has visto cómo maduraban a veces en contra de todo pronóstico… Y en el aula, si uno sabe estar atento a los momentos singulares, creo que se producen de tanto en tanto instantes intensos y valiosos. Echo de menos esos intercambios. Y no, no me he olvidado de que fundamentalmente un profesor es alguien que pone faltas de asistencia; que gestiona suspensos las más de las veces hasta que finalmente le sale ya el aprobado; que tiene que levantar la voz o mostrar su ceño adusto para hacerse respetar; que se prepara para comunicar e interesar y que tiene que dejarlo, casi siempre, en un “¡bueno, acabáis de leerlo en casa!”…

 

¿En qué consiste entonces esta nuestra profesión, volveré a elegirla en mi próxima reencarnación?

 

No quiero quitar mérito a ninguna otra profesión, todas pueden tener su punto de nobleza, pero pocas tienen tanta responsabilidad y trascendencia como ésta. Para saber a qué niveles la hemos ido elevando, nosotros los docentes a contracorriente de los avatares políticos, tenemos una comprobación muy directa: mirar hacia las tres que han hecho ya el viaje definitivo: Susana y Carmen Buergo, ambas de Fisica-Química, y Agustina de Latín, qué tres enormes profesoras, Susana con una formación exuberante, Carmen Buergo con un cuajo profesional impresionante y Agustina con un abanico de intereses a prueba de reformas. Estas han sido nuestras huestes, qué daría Homero por haberlo sabido.

 

¿En qué consiste nuestra profesión? En algún momento de nuestra civilización, allá por la Grecia clásica, se inventaron las clases regladas. Desde entonces, veo a los profesores como un gran batallón disperso que sale cada día a plantar batalla a los mil males que le salen a la sociedad por haber abandonado el primitivo salvajismo y la iletrada barbarie y haberse empeñado en transitar una senda donde no solo hay que saber leer o los cálculos más elementales sino que hay que desplegar un cúmulo inagotable de conocimientos siempre en desarrollo… Si una sociedad es cultivada, si sus ciudadanos resultantes se han civilizado adecuadamente enseguida se ve por sus instituciones y por sus costumbres… De manera que los profesores tienen la responsabilidad de asegurar un punto crítico civilizatorio para que las costumbres, las actitudes, la formación intelectual y la pericia profesional no degenere tanto que ponga en peligro el sistema o lleve a la sociedad a su disolución o a su absorción por sociedades más bárbaras.

 

¿A que no nos habían dicho oficialmente que era esto lo que hace un profesor? No se dice porque viene mejor, en general, que no nos sintamos tan importantes: ya sabéis, el prestigio social y los sueldos son parte trascendental del actual orden establecido…

 

De todos modos, esta trascendencia que tiene la profesión de enseñar enseguida se ve contrapesada, y dificultada, por mil obstáculos que le salen al paso: la edad rebelde e irresponsable en la que ha de desarrollarse el aprendizaje, una dependencia insufrible del sistema educativo respecto de intereses ideológicos furtivos… por no decir los videojuegos a todas horas, los programas “teleideotizantes”, las formas tribales de diversión, las conductas estereotipadas y farsantes de la publicidad y la falsa libertad de prensa de esa retórica sociedad democrática, formalista y sofista, que nos lava por doquier poco a poco el cerebro y lo llena de basura y confusión e ideología pringosa… Y peor que eso, el tener que vivir en una sociedad autoproclamada civilizada, pero que después de siglos no ha sabido resolver el dilema que enfrenta los intereses económicos y los principios humanitarios… Y la cosa tiene pinta de no ir a resolverse. Y por eso, a veces hasta pienso que mis manos están salpicadas de sangre, porque “sus” crímenes son también “mis” crímenes, por lo que toca en el reparto… Así que después de siglos, y después de décadas mías dedicadas a ·civilizar” los futuros ciudadanos… el objetivo que han de alcanzar los profesores no llega ni por asomo al aprobado… y esto hace que mi júbilo particular no pueda ser del todo completo, porque es muy difícil estar satisfecho en medio de tanta calamidad. Por eso, no hay más remedio que diferenciar planos, para ir poniendo a salvo unos frente a otros… Volvamos, por tanto, al plano de lo que compartimos, donde la mayor parte de nuestros aconteceres son agradables o, al menos, asumibles. Y alegrémonos juntos.

 

Estoy contento de coincidir con Elsa (discreta, cumplidora, positiva, agradable y excelente profesora que sé que es) y estoy contento de coincidir con Paz, a quien debo que me abriera el camino de los artículos que ahora publico de vez en cuando en La Nueva España, y con quien he cultivado una relación de mutuo cariño y aprecio, profesora que ha demostrado algunas de las más necesarias virtudes que debe tener todo buen docente que se precie, que es la coherencia entre los discursos y los hechos —ahí está para dar abundante fe de ello su labor en la biblioteca, que era una labor bien visible y meridianamente apreciable.

 

Y estoy orgulloso de haber sido compañero de todos vosotros, a los que no puedo homogeneizar, porque sois distintos  y habéis tenido conmigo relaciones diversas, pero quedándome con el común denominador, a través de vosotros, sé que el nivel de competencia, de preparación y de implicación profesional es muy alto, y que los padres y el resto de las profesiones deben miraros con respeto y aprobación. Eso, en el haber de los datos objetivos; y en la cuenta de los registros subjetivos míos, mi sentimiento predominante es de agradecimiento, porque me habéis sonreído aunque no siempre lo merecía y me habéis tratado con buen afecto todos, algunos con liberal cariño y otros con franca amistad. ¿Qué más se puede pedir, en un contexto de trabajo donde es normal que se den intereses cruzados y enfrentados y que exista un pulso por el control del flujo del poder que anima el conjunto de las actuaciones de un centro escolar? Así pues, os doy un sobresaliente, a algunos una matrícula de honor.

 

Esto es una despedida de las aulas pero es también un recordatorio de que seguimos juntos en el camino importante, el de la vida.

 

Gracias.   

 

 

 

Comida de Jubilación. Elsa, Paz y SSC. IES E. Alarcos. Gijón.

 

Restaurante Los Pisones, Carretera Gijón-Villaviciosa, nº 38-40. Viernes, 18 de noviembre de 2016. 15:00 h.