Es tal la distancia que separa el nivel superior, estrictamente fenomenológico, sin identidad ni eidética, donde toda síntesis se deshace, donde nada está excluido previamente como imposible, sino que, volcado al futuro, goza de la riqueza de lo transposible; es tanta la distancia de ese nivel sin conciencia  (inconsciente fenomenológico) del nivel práctico objetivo, que, sin un nivel de intermediación, el "cortocircuito fenomenológico" sería irremediable; cortocircuito que ilustran, de modo ejemplar y dramático, por ejemplo, los escritos de Antonin Artaud.

 

En la física, el intermedia dormitorios por excelencia es la luz. Son los fotones, los botones de intermediación sin masa y que no interaccionan entre sí, los que posibilitan la interacción de los electrones, abriendo la organización química de la materia. En la fenomenología el intermediador por excelencia es lo que Husserl llamó, con un atrevido oxímoron, fantasía perceptiva. Las fantasías perceptivas son la luz que relaciona la oscuridad fenomenológica con la objetividad clara, el nexo que anuda el rigor en el hacerse de los sentidos con la aproximación en el operar de los objetos, la articulación de la comunidad interfáctica de singulares con la interobjetividad de sujetos operatorio. 

 

Para que algo pueda ejercitar una tarea de mediación, debe participar de los dos extremos que pretende relacionar. Las fantasías perceptivas, como componentes principales del nivel de intermediación, logran esa participación disociación la congruencia que se da entre los polos subjetivo y objetivo de los dos niveles extremos, y haciéndose, ella misma, incongruente. Las fantasías perceptivas se dan como transoperaciones, en una pasividad que comunica con el nivel superior, y consisten en síntesis de identidad como las a percepciones objetivas del nivel inferior. Esa es la conexión que Descartes añoró, y ese es el territorio verdaderamente humano en el que yo desde el que, vivimos, pensamos y sentimos. Es la zona en la que se estrenan el ego y el tú, donde aparecen la especialidad,  la temporalidad y la significatividad. 

 

Pero hay una asimetría dinámica en el comportamiento del ego, en este nivel de intermediación, con relación a los otros dos niveles. Con toda facilidad bajamos al territorio de mínima energía, donde la articulación simbólica oculta los procesos fenomenológicos, y, con enorme dificultad, ascendemos al nivel enérgico y riguroso donde todo adquiere un sentido. En un caso, vivimos de cara al pasado, en la inercia compartida y, en otro caso, vivimos de cara al viento del futuro, en una aventura propiamente humana. (Sánchez Ortiz de Urbana,  Ricardo: Estromatología. Teoría de los niveles fenomenológicos, Brumaria A. C. y Eikasia ediciones, Madrid-Oviedo,  2014, págs. 460-461)