Para qué sirve la fenomenología

 

Ramón Rodríguez bucea en aguas de Heidegger y en mares fenomenológicos,  y nos muestra parte de sus hallazgos.

 

 Fenómeno e interpretación. Ensayos de fenomenología hermenéutica

Ramón Rodríguez

 

Editorial Tecnos, Madrid, 2015, 261 páginas.

 

 

 

Al ojear el contenido de un libro como Fenómeno e interpretación cabe que al lector bienintencionado le asalte la duda: ¿para qué sirve esto de la fenomenología? Y no nos referimos solo al hecho de ser un escrito especializado, desde la Universidad y casi “para la Universidad”, escritos propios, en apariencia, del trabajo del laboratorio filológico que toda filosofía se vería obligada a desarrollar, como cualquier otro oficio con su trastienda correspondiente. Concedido, así pues, que muchos libros han sido escritos por y para especialistas, pregunto, no obstante,  si ese trabajo de especialización está en este caso justificado, es decir, si el problema que la fenomenología suscita tiene, en el fondo, “sentido”, sentido práctico para el común de los mortales —descontando que puede haber deportes intelectuales de riesgo, sanos para la musculatura mental pero no socialmente relevantes—. ¿Para qué sirve la fenomenología? Porque si la fenomenología sirve para algo, entonces el libro de Ramón Rodríguez sería muy útil, aunque para muchos se tratara de una utilidad muy indirecta, mensurable con escalas de más de un siglo.

 

En las primeras décadas del siglo XX, a la “humanidad” que ansía conocer y conocerse se le impone retomar “el mundo” de nuevo. De ello dan fe los desarrollos matemáticos sorprendentes, la ruptura con la cosmología y la física clásicas, las revolucionarias concepciones artísticas, el buceo en el inconsciente psicoanalítico, los avances tecnológicos  basados en lo cuántico, lo nanométrico, lo genético y lo virtual… En paralelo, la filosofía busca nuevos planteamientos radicales. Y al buscarlos, apuesta por modelos distintos y enfrentados, como fueron el neopositivismo de Wittgenstein y la fenomenología de Husserl, entre otros muchos planteamientos. Hoy toca revisar la aportación de este último y sus seguidores.

 

Si el neopositivismo y la filosofía analítica quisieron centrar la mirada en el lenguaje, tomando como modelo el lenguaje científico, la fenomenología se enfrenta tanto a la metafísica tradicional (basada en la idea de sustancias perennes) como a la filosofía positivista (basada en una idea de “verdad” excesivamente corta), ¿qué camino tomar, si se huye del nihilismo — solución siempre a mano, por cierto—?

 

Husserl  cree que hay que regresar más allá del lenguaje positivo de las ciencias y de las lenguas naturales, hasta el lugar donde los sentidos se conforman: en la confluencia de los “fenómenos” (lo que el mundo manifestaría ser en su trasfondo) con la “conciencia fenoménica” (el “inconsciente preconceptual”, donde se urde toda posibilidad de sentido), pero sin reducirse a la psicología. Entre los seguidores de Husserl, Heidegger es uno de los más significados, y es en este anclaje donde el libro de Ramón Rodríguez ilumina algunos aspectos importantes: la nueva definición de ser humano que Heidegger ensaya, con su “Da-sein” (su “Ser-ahí”, estructura ontológica que se caracteriza por su “existencia” absolutamente enfrentada a las cosas), y las nuevas actitudes ante el conocer y el existir mundano que de ahí se derivan, incluido el replanteamiento del fundamento de la ética. Se esclarecen también aspectos de lo que une el pensamiento de Heidegger con seguidores suyos: Zubiri, Ricoeur y Vattimo, sobre todo, y en este sentido, el libro se centra muy específicamente en mostrar cómo de la fenomenología se transita a la hermenéutica de modo natural, y de la hermenéutica a la fenomenología de forma necesaria. El rastreo histórico no va más allá, pues la tesis de una “fenomenología hermenéutica” queda suficientemente esbozada, y de ahí que el lector no debe pretender que el viaje le lleve hasta los trabajos más renovadores de esta corriente, que son a mi entender los impresionantes trabajos de Marc RichirRecherches phénoménologiques (1981 y 1983) y Méditations phénoménologiques (1992), dos de sus reflexiones punteras—, y Ricardo Sánchez Ortiz de Urbina y su trascendente aportación, Estromatología (2014), que retoma radicalmente el trabajo de Richir.

 

La conclusión, así pues, es que Fenómeno e interpretación es un libro útil, en diversos sentidos, a pesar de lo especializado de la temática, y, desde luego, porque pone en primer plano uno de los intentos de recuperación de cómo concebir al “sujeto vivo” cuando el mero sujeto epistémico (el que construye la ciencia y la tecnología) resulta insuficiente.

 

Mientras algunas tendencias y estrategias de pensamiento del siglo XX han extraído resultados prácticos inmediatos y apreciables, incidiendo en la realidad social: el neopositivismo, el existencialismo, el freudo-marxismo…, otras escuelas han permanecido más de un siglo en sus tareas de taller, sin apenas relación con el gran comercio exterior, quizá para acabar alimentando nuevas tendencias o quizá porque hayan necesitado fraguar muy lentamente sus herramientas para tal vez, como creo que es el caso de la fenomenología, asentarse como perspectiva de largo alcance. Si en el siglo XXI, finalmente, pudiera empezar a generalizarse un firme acceso a las zonas inconscientes fenomenológicas (es decir, más allá del inconsciente psicológico), donde la “phantasia” y la afectividad se conforman y donde hunden sus raíces el arte, la institución simbólica y las estructuras de lo humano, entonces habría de reconocerse una enorme aportación de la fenomenología. Solo con que indirectamente se desterrara parte de esa amalgama superficial y dañina de pensamiento esotérico, mistérico y ocultista, “ciencias ocultas” se dice (al tiempo que se autoarrogan un título equívoco), habríamos avanzado civilizatoriamente un tanto. El asunto aún está en curso.

 

 

 

«Para qué sirve la fenomenología». La Nueva España, Cultura, Suplemento de LNE, nº 1184, jueves 29 de junio de 2017, págs. 6-7.

 

En La Nueva España: http://www.lne.es/suscriptor/cultura/2017/06/29/sirve-fenomenologia/2127784.html